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Una madre empezó con mareos, cansancio y dolor de cabeza; todos dijeron que era la edad, hasta que un plomero descubrió en su baño una trampa demasiado perfecta.

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—Ya sabe —susurré.

Herrera leyó el mensaje y apretó la mandíbula.

—Nos vamos ahora.

Salimos por la parte trasera de la pensión y subimos a un coche sin logotipos. Yo iba en el asiento de atrás, con Rubén a mi lado. Las calles de la ciudad pasaban borrosas por la ventana. Puestos de tacos, camiones, señoras con bolsas del mandado, todo seguía igual afuera, mientras mi vida se desmoronaba por dentro.

Nos llevaron a un departamento pequeño en un edificio discreto de Iztapalapa, usado para proteger testigos. Dos policías se quedaron en el pasillo. Herrera me dio un teléfono distinto.

—No use el suyo. Puede estar rastreado.

Esa noche no dormí. Lloré en silencio hasta que me dolió el pecho. Pensaba en Daniel recién nacido, en sus manos pequeñas agarrando mi dedo, en su primer uniforme escolar, en el día que lloró porque su papá no pudo ir a un partido de futbol y yo corrí desde el trabajo para verlo jugar.

¿Cómo se transforma un hijo en alguien capaz de planear la muerte de su madre?

A las 3:17 de la madrugada, sonó el teléfono que Herrera me había dejado.

—Doña Elisa —dijo su voz al otro lado—. Ya tenemos resultados preliminares.

Me quedé sin aire.

—¿Qué era?

—Arsénico y otros compuestos tóxicos. En dosis pequeñas, constantes, explicarían sus síntomas. Con más tiempo, habrían provocado falla orgánica.

Me tapé la boca para no soltar un grito.

—También estamos solicitando una orden de cateo para el departamento de su hijo.

Al amanecer, Herrera volvió a llamar.

—Encontramos residuos en la pared. Intentaron retirar el sistema, pero dejaron rastros. También hallamos una libreta en el estudio de Daniel.

—¿Una libreta?

—Anotaba sus síntomas. Fechas, reacciones, dosis aproximadas. Como si usted fuera un experimento.

Sentí que el alma se me desprendía del cuerpo.

—¿Dónde están ellos?

Herrera guardó silencio un segundo.

—Cuando llegamos, Daniel y Mariana ya no estaban.

Antes de que pudiera responder, alguien tocó la puerta del departamento seguro.

3 golpes suaves.

Rubén, que se había quedado conmigo, miró por la mirilla y su rostro perdió color.

—Doña Elisa —susurró—, los policías del pasillo ya no están.

Entonces escuchamos una llave entrando lentamente en la cerradura.

Y desde el otro lado de la puerta, la voz de Daniel dijo:

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