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Una madre empezó con mareos, cansancio y dolor de cabeza; todos dijeron que era la edad, hasta que un plomero descubrió en su baño una trampa demasiado perfecta.

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—¿Qué amiga?

Mi mente se quedó en blanco.

—Teresa… una señora del grupo de lectura.

—Tú no vas a ningún grupo de lectura, mamá.

Sentí un frío terrible en la espalda.

—Empecé hace poco. No te conté porque siempre te preocupas.

Su voz cambió.

—Mamá, dime dónde estás.

—Estoy bien, Daniel. Nos vemos mañana.

Colgué antes de escuchar su respuesta.

A los 40 minutos llegó el comandante Herrera. Era un hombre alto, de cabello canoso y mirada cansada. Traía una chamarra café y hablaba con una calma que, por algún motivo, me hizo sentir menos sola.

—Doña Elisa, Rubén me explicó lo básico. Necesito hacerle preguntas y llevar esta muestra al laboratorio.

Le conté todo. La venta de mi casa. La cuenta compartida. Mis síntomas. Las discusiones que había escuchado entre Daniel y Mariana por dinero. Recordé incluso una noche en que Mariana dijo en la cocina:

—No podemos esperar años, Daniel. Tu mamá está más fuerte de lo que parece.

En ese momento pensé que hablaban de algún trámite. Ahora esa frase me dio náuseas.

—¿Su hijo le pidió hacer testamento? —preguntó Herrera.

Me quedé inmóvil.

—Sí. Hace 2 semanas. Dijo que era para tener mis cosas en orden.

El comandante y Rubén intercambiaron una mirada seria.

—Doña Elisa, vamos a moverla a un lugar seguro. Si su hijo sospecha que usted descubrió algo, puede intentar llegar antes que nosotros tengamos una orden.

Como si lo hubiera invocado, mi celular vibró otra vez.

Un mensaje de Daniel:

“Sé que estás con ese plomero. No hagas una tontería. Esto podemos arreglarlo en familia.”

Mis manos empezaron a temblar.

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