Era un mensaje de Daniel:
“Mamá, ¿sigue ahí el plomero? No lo dejes tocar nada más hasta que yo llegue.”
Y por primera vez en mi vida, sentí miedo de mi propio hijo.
PARTE 2
Rubén me llevó a una pensión pequeña cerca de Viaducto, un edificio viejo de paredes color crema, con macetas secas en la entrada y una señora en recepción que no hizo preguntas cuando él dijo que yo era su tía y necesitaba descansar unas horas.
Me dejaron en un cuarto sencillo, con una cama individual, una ventana hacia un patio interior y una cerradura que Rubén revisó 2 veces antes de quedarse tranquilo.
—Aquí nadie la va a buscar de inmediato —me dijo—. Pero tenemos que actuar rápido.
Yo me senté al borde de la cama con la bolsa apretada contra el pecho. Quería despertar. Quería que todo fuera un malentendido absurdo. Quería regresar a mi vida de antes, cuando Daniel todavía era mi niño, cuando yo podía creer que una madre siempre estaba segura al lado de su hijo.
Pero el frasco con el líquido verdoso estaba sobre la mesa, recordándome que aquello era real.
Rubén hizo una llamada. Habló en voz baja y mencionó a un comandante llamado Herrera, alguien de confianza que había conocido años atrás por un caso complicado en un edificio de la Roma.
Mientras tanto, mi celular sonó.
Daniel.
Rubén me hizo una seña para que respirara y contestara.
—Hola, hijo —dije, intentando que mi voz no temblara.
—Mamá, ¿dónde estás? Llegué a comer y no estás.
—Salí al mercado. Se me antojó comprar fruta.
Hubo silencio.
—¿Y el plomero?
—Ya se fue. Dijo que no era nada grave.
—¿Abrió la pared?
La pregunta cayó como una piedra.
—No vi bien, hijo. Yo estaba en la cocina.
Otra pausa.
—¿A qué hora regresas?
—Más tarde. Voy a pasar con una amiga.
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