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Una madre empezó con mareos, cansancio y dolor de cabeza; todos dijeron que era la edad, hasta que un plomero descubrió en su baño una trampa demasiado perfecta.

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Vendí la casa por una buena cantidad y deposité el dinero en una cuenta compartida con Daniel, porque él insistió en que así sería más fácil ayudarme “por si algún día me enfermaba”.

Al principio, todo fue bonito. Mariana me preparaba té de manzanilla, Daniel me preguntaba si había dormido bien, cenábamos juntos. Pero con los meses algo cambió. Mariana empezó a molestarse si yo entraba a la cocina. Daniel ya no me platicaba de su trabajo. Y yo empecé a sentirme cansada todo el tiempo.

Dolores de cabeza. Mareos. Falta de aire. Un cansancio raro, como si mi cuerpo se estuviera apagando poco a poco.

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Yo pensé que era la edad.

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Hasta que apareció una mancha de humedad en el techo del baño que usaba.

—Hijo, creo que hay una fuga —le dije una noche durante la cena.

Daniel dejó de cortar su carne. Mariana lo miró apenas un segundo, pero ese segundo fue suficiente para incomodarme.

—Yo lo reviso después, mamá —respondió él.

Pasaron 3 días. La mancha creció. Luego empezó a gotear sobre el piso.

A la mañana siguiente llegó un plomero llamado Rubén. Daniel ya se había ido al trabajo y Mariana estaba encerrada en su cuarto. Rubén era un hombre de unos 50 años, moreno, serio, con uniforme azul gastado y una caja de herramientas vieja.

Lo llevé al baño. Revisó el techo, tocó la pared, salió a hablar con el portero y después regresó más callado.

—Voy a tener que abrir tantito aquí —me dijo señalando la pared junto a la regadera—. La tubería viene rara.

Mientras él trabajaba, yo fui a calentar unas tortillas para la comida. Mariana salió del cuarto vestida elegante, con lentes oscuros y bolsa de diseñador.

—¿Ya casi termina ese señor? —preguntó con fastidio.

—No sé, apenas está revisando.

No me respondió. Tomó sus llaves y se fue.

Unos minutos después, Rubén me llamó desde el baño.

—Doña Elisa… venga, por favor.

Su voz había cambiado. Ya no sonaba como la de un trabajador concentrado. Sonaba como la de alguien que acababa de encontrar algo terrible.

Cuando entré, vi un hueco pequeño en la pared. Rubén estaba pálido.

—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿Está muy grave la fuga?

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