Patrullas. Ambulancias. Radios. Preguntas.
Me sentaron en una oficina con una cobija sobre los hombros. Yo no podía dejar de repetir:
—Rubén se quedó allá. Rubén se quedó por mí.
Herrera llegó 20 minutos después, con el rostro duro.
—Doña Elisa, ya tenemos unidades en el edificio.
—¿Está vivo? Dígame si Rubén está vivo.
Él no respondió de inmediato, y ese silencio casi me mató.
—Está herido. Lo apuñalaron, pero llegó consciente al hospital.
Me cubrí la cara y solté un llanto que venía desde lo más profundo de mi pecho.
—¿Y Daniel?
—Intentó huir. Se resistió cuando lo encontraron a 6 cuadras del lugar. Está detenido, herido de bala en un hombro. Va al hospital bajo custodia.
No sentí alivio. Tampoco sentí esa angustia desesperada que una madre debería sentir al saber que su hijo estaba herido.
Sentí vacío.
Como si Daniel hubiera muerto mucho antes y yo apenas estuviera viendo el cadáver de lo que alguna vez fue.
Mariana fue detenida esa misma tarde en la Terminal de Autobuses del Norte. Llevaba una maleta pequeña, dinero en efectivo y boletos para Monterrey. En su bolsa encontraron frascos con residuos químicos y una memoria USB con archivos donde había cálculos de dosis, tiempos de exposición y síntomas esperados.
El caso se volvió imposible de negar.
Mis análisis médicos confirmaron presencia de arsénico y otros compuestos en mi organismo. No había daño irreversible, pero los doctores dijeron que, con 3 o 4 meses más de exposición, probablemente habría sufrido una falla grave, quizá mortal.
También encontraron la libreta de Daniel.
Esa fue la prueba que más me destruyó.
No la leí completa. No pude. Pero Herrera me mostró algunas páginas necesarias para mi declaración.
“Semana 5: dolor de cabeza más frecuente.”
“Semana 9: cansancio visible, reducir actividad.”
“Semana 14: falta de aire después de bañarse. Mantener dosis.”
“Objetivo estimado: deterioro natural en 4 meses.”
Mi hijo había convertido mi sufrimiento en notas de laboratorio.
Días después, cuando Rubén ya estaba fuera de peligro, fui a verlo al hospital. Estaba pálido, con vendas en el abdomen, pero sonrió al verme.
—Doña Elisa… llegó a tiempo.
Tomé su mano con mucho cuidado.
—Usted me salvó la vida.
—Hice lo que alguien debió hacer por mi madre —respondió.
Me contó entonces que su propia madre había muerto años atrás en circunstancias parecidas. Un hermano suyo la envenenó lentamente para quedarse con una propiedad en Puebla. Cuando descubrieron la verdad, ya era demasiado tarde.
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