No parecía una villana. Eso fue lo peor. Era una mujer de unos 40 y tantos años, cabello recogido, blusa sencilla, lentes oscuros. Caminaba como alguien acostumbrado a mandar en pasillos de hospital. Miró hacia ambos lados y entró a hablar con el dueño de la casa, que actuaba como si fuera un trámite normal.
Pasaron casi 10 minutos.
Entonces apareció el coche de Belén.
Se estacionó lejos, como si todavía pudiera escapar. La vi por el parabrisas: delgada, ojerosa, sin la panza falsa que había engañado a toda una familia durante meses. Sin ella parecía más pequeña. Más humana. Más perdida.
Me dolió verla así.
Porque una parte de mí todavía quería correr, abrazarla y decirle que todo se iba a arreglar.
Pero otra parte recordaba la libreta, los uniformes médicos, los mensajes, la pulsera de una mujer que acababa de parir, y a Ximena, una adolescente sosteniendo a su bebé mientras alguien planeaba arrebatársela.
La comandante me hizo una seña.
Bajé.
Belén me vio.
Se quedó inmóvil a mitad del estacionamiento. Su rostro pasó de la sorpresa al terror, y después a algo mucho más triste: rendición.
—No… —susurró—. Tú no.
Caminé despacio hacia ella.
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