No porque creyéramos que Belén no merecía consecuencias, sino porque por primera vez entendimos que castigarla sin tratarla solo enterraría el problema más profundo.
Una semana después conocí a Ximena.
La trabajadora social nos llevó a una habitación del hospital. Ella estaba sentada en la cama, con una bebé diminuta envuelta en una cobija rosa. Cuando me vio, abrazó a su hija con fuerza.
—No vengo a pedirte perdón en nombre de mi hermana —le dije—. Porque eso solo te corresponde decidirlo a ti. Vengo a decirte que lo siento. Que nadie debió hacerte sentir miedo por amar a tu bebé.
Ximena me miró durante unos segundos. Tenía cara de niña cansada y ojos de mujer que ya había aprendido demasiado.
—Le puse Esperanza —dijo, bajando la vista hacia la bebé—. Porque eso fue lo único que no me pudieron quitar.
No supe qué responder.
Ximena no era la “madre incapaz” que Belén y Verónica habían imaginado para justificar su crimen. Era una joven asustada, sí, pero también feroz. Estaba terminando la preparatoria abierta. La casa hogar la apoyaría con cuidado infantil. Quería estudiar enfermería algún día para ayudar a otras madres jóvenes.
Cuando la vi besar la frente de Esperanza, sentí una mezcla de alivio y vergüenza. Alivio porque esa bebé estaba donde debía estar. Vergüenza porque mi propia sangre había estado a punto de destruir esa escena.
Pasaron meses.
Sergio recibió libertad condicionada, servicio comunitario y terapia obligatoria. Me escribió una carta diciendo que había sido un cobarde, que supo demasiado y eligió callar porque la verdad le daba miedo. No le contesté. Tal vez algún día pueda perdonarlo. Todavía no.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»