PARTE 3
La casa que Belén había rentado estaba en una calle silenciosa de Querétaro, de esas donde los vecinos riegan las plantas por la tarde y nadie imagina que un crimen puede estar esperando detrás de una puerta recién pintada.
La comandante Mariana Vega me dejó en un coche sin placas, 2 cuadras antes. Me dijo que no me bajara hasta que ella lo autorizara.
—No sabemos cómo va a reaccionar tu hermana —me advirtió—. Y Verónica puede ser peligrosa.
Yo asentí, aunque tenía las manos heladas.
Mi mamá quería venir. Me suplicó. Pero no podía permitirle ver a Belén esposada, no así, no después de haber pasado toda la noche sentada junto a las bolsas de regalo del baby shower, preguntándose en qué momento su hija se había quebrado sin que nadie la escuchara.
A las 2:48, un coche gris se estacionó frente a la casa. Bajó Verónica.
No parecía una villana. Eso fue lo peor. Era una mujer de unos 40 y tantos años, cabello recogido, blusa sencilla, lentes oscuros. Caminaba como alguien acostumbrado a mandar en pasillos de hospital. Miró hacia ambos lados y entró a hablar con el dueño de la casa, que actuaba como si fuera un trámite normal.
Pasaron casi 10 minutos.
Entonces apareció el coche de Belén.
Se estacionó lejos, como si todavía pudiera escapar. La vi por el parabrisas: delgada, ojerosa, sin la panza falsa que había engañado a toda una familia durante meses. Sin ella parecía más pequeña. Más humana. Más perdida.
Me dolió verla así.
Porque una parte de mí todavía quería correr, abrazarla y decirle que todo se iba a arreglar.
Pero otra parte recordaba la libreta, los uniformes médicos, los mensajes, la pulsera de una mujer que acababa de parir, y a Ximena, una adolescente sosteniendo a su bebé mientras alguien planeaba arrebatársela.
La comandante me hizo una seña.
Bajé.
Belén me vio.
Se quedó inmóvil a mitad del estacionamiento. Su rostro pasó de la sorpresa al terror, y después a algo mucho más triste: rendición.
—No… —susurró—. Tú no.
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