—Si quieren proteger a alguien, empiecen por proteger a la niña a la que destruyeron —le dije a mi madre antes de cortar la llamada.
El sábado amaneció como si nada, pero en mi casa todo estaba hundido. Era el día del baile. Renata debía estar emocionada, arreglándose el cabello, recibiendo flores, tomándose fotos con sus amigas en la glorieta de la colonia. En cambio, estaba sentada en la cama con pants, mirando historias de Instagram.
Ahí estaban sus compañeras. Vestidos brillantes, corsages, risas, la camioneta decorada con globos. Jocelyn, su amiga de la orquesta, aparecía abrazando a otras chicas.
—Se ven felices —dijo Renata.
Me senté a su lado.
—También te querían ahí.
—Ya no importa.
Esa frase me dolió más que cualquier grito.
—Solo quería sentir que pertenecía —agregó.
No supe qué contestar. Hay heridas que un padre no puede arreglar con palabras. Solo pude quedarme ahí, a su lado, hasta que apagó el celular.
Los días siguientes fueron raros. Renata fue a clases, hizo tareas, comió poco y dejó de dibujar. Eso fue lo que más me asustó. Mi hija siempre dibujaba, incluso cuando estaba triste. Si dejaba de hacerlo, era porque algo se había apagado.
Mientras tanto, mi familia comenzó a presionarme. Mi mamá me dejó audios. Patricia mandó mensajes venenosos.
“Tus traumas de niño no son culpa de mis hijas.”
“Renata debería aprender a defenderse.”
“No arruines el futuro de Mariana y Lucía por una tontería.”
Una tontería.
Así llamaban al vestido hecho pedazos, a la humillación, al miedo de mi hija de ocupar un lugar que se había ganado.
Fui a la prepa y pedí hablar con la orientadora, la maestra Salgado. No fui a gritar ni a pedir castigos. Fui a preguntar cómo estaba Renata.
La maestra suspiró.
—Renata es brillante, señor Mauricio. Pero últimamente se esconde. Como si pidiera permiso para existir.
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