Sentí un nudo en la garganta.
Me habló de una exposición artística de fin de curso. Buscaban alumnos que quisieran participar con proyectos personales. Esa noche se lo mencioné a Renata durante la cena.
—No tengo nada que decir —respondió.
—Tal vez sí. Solo todavía no sabes cómo.
Dos días después la encontré dibujando otra vez. No vestidos hermosos, sino siluetas rotas. Maniquíes partidos. Faldas rasgadas convertidas en alas. Tituló la serie: “Lo que me habría puesto”.
A la semana siguiente aceptó ir con una terapeuta. La primera vez salió incómoda. La segunda dijo:
—Es raro, pero creo que me ayuda.
Poco a poco volvió la luz. No la misma de antes. Una distinta. Más seria. Más fuerte.
Entonces llegó el giro.
Jocelyn fue a verla a casa para disculparse.
—Yo sabía que algo había pasado —dijo—. Lily me enseñó por videollamada el vestido roto. Se estaba riendo. Yo no dije nada porque me dio miedo meterme.
Renata se quedó helada.
Jocelyn sacó su celular. Tenía capturas de pantalla. Mensajes de Mariana diciendo: “Si cree que va a ser reina con ese vestido, está loca”. Otro decía: “Le hicimos un favor, se veía demasiado confiada”.
No fui yo quien llevó eso a la escuela.
Fue Jocelyn.
Y no fue la única. Otra alumna declaró que vio a las gemelas sacar la bolsa del vestido en casa de mi madre. Alguien más confirmó que Mariana había presumido la “broma” en un chat privado.
La escuela abrió una investigación discreta. Mi madre se enteró y llegó a mi casa llorando.
—Mauricio, por favor. Patricia está desesperada. Mariana perderá su puesto en el consejo estudiantil. Lucía tiene una beca pendiente. Esto puede mancharles el expediente.
Renata estaba escuchando desde el pasillo.
—¿Y mi expediente emocional, abuela? —preguntó.
Mi madre se quedó blanca.
—Hija, yo no quise…
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