Lucía pidió ver el vestido. Renata dudó, pero yo no vi peligro. Ese fue mi error.
—Está bonito —dijo Lucía al verlo—. Muy… discreto.
Mariana soltó una risita.
Esa noche escuché murmullos en el pasillo, pero no quise ser el papá intenso. Pensé que eran adolescentes siendo adolescentes. Me equivoqué de la manera más dolorosa.
El viernes antes del baile llegué con comida china para celebrar. Llamé a Renata y no respondió. Su puerta estaba entreabierta. Entré y la encontré sentada en el piso, con el vestido sobre las piernas.
Estaba destruido.
La falda abierta de lado a lado. Los tirantes cortados. La tela jaloneada como si alguien hubiera disfrutado cada segundo.
Renata no lloraba fuerte. Eso fue peor. Solo sostenía un pedazo del vestido entre los dedos.
—Lo encontré así —susurró—. No quiero ir, papá.
Sentí una rabia fría subirme por el cuerpo.
—¿Quién tuvo el vestido?
Renata bajó la mirada.
—La abuela lo llevó a su casa para arreglarle el cierre. Dijo que Mariana y Lucía lo traerían cuando vinieran.
No necesité escuchar más.
La llevé a casa de mis papás. Patricia estaba ahí. También las gemelas.
—¿Qué le hicieron al vestido de Renata? —pregunté.
Mariana se encogió de hombros.
—Solo era una broma.
Lucía murmuró:
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