—No —respondió el anciano—. Por primera vez en años, estoy viendo claro.
Miró a sus hijos con dolor.
—Ustedes bajaron a pelear por cuadros, acciones y casas. Ella subió a traerme té cuando mis manos ya no podían sostener una taza.
Valeria apretó la mandíbula.
—No puedes cambiar el testamento ahora.
Don Ernesto sonrió apenas.
—Lo cambié hace 6 meses.
El silencio fue brutal.
Santiago bajó el celular.
Roberto perdió el color.
Don Ernesto tomó el sobre y lo puso en manos de Mariana.
—Por eso te pedí que te quedaras esta noche. No por escándalo. No por vergüenza. Quería una testigo honesta antes de que la verdad destruyera esta casa.
Y cuando Mariana apretó aquella carta contra su pecho, entendió que esa noche no había sido llamada para servir.
Había sido llamada para reclamar un nombre que le habían robado.