Le arrebaté con cuidado la hoja de la mano. Era una copia de una autorización notarial. Mi papá le había dado a Ricardo poder total para hipotecar su casa y su terreno en Puebla. La misma casa donde crecí, donde estaban las fotos de mi mamá fallecida, donde mi padre pensaba pasar sus últimos años.
—¿Firmaste esto?
—Sí, mija. Ricardo me llevó con un notario. Me dijo que era para pedir un préstamo rápido. Hoy le iban a liberar el dinero en el banco. Tres millones.
Sentí una rabia tan fría que ya no era rabia. Era claridad.
Ricardo no solo había humillado a mi padre permitiendo que su familia lo tratara como basura. Había inventado una mentira cruel para quitarle su patrimonio.
Me levanté de golpe.
—Voy a buscarlo.
—No —dijo mi papá, tomándome de nuevo la mano—. Si lo enfrentas ahorita, se escapa con el dinero.
Me quedé quieta.
Tenía razón.
Si Ricardo ya estaba a punto de recibir los tres millones, una llamada mía podía alertarlo. Y un hombre capaz de engañar a un viejo asustado por su hija podía hacer cualquier cosa.
Respiré hondo.
—Papá, escúchame bien. Yo voy a recuperar tu casa. Pero tienes que hacer exactamente lo que te diga.
Él asintió, con lágrimas en los ojos.
—Lo que tú digas, mija.
—Vas a salir de aquí como si nada. Te vas a ir a Puebla en taxi. No le digas a nadie que ya sé la verdad. Ni a Teresa ni a Maribel. Cuando Ricardo vuelva, yo voy a hacerle creer que sigo sin saber nada.
Mi papá me miró con miedo.
—¿Y qué vas a hacer?
Me miré en el espejo de la habitación. Tenía los ojos rojos, la cara pálida y una herida que no se veía, pero quemaba.
—Voy a dejar que Ricardo crea que todavía puede ganar.
Cuando salimos, doña Teresa y Maribel fingieron mirar la televisión, pero sus ojos se movían como ratas detrás de nosotras. Yo acompañé a mi papá hasta la puerta, pedí un taxi y le di un abrazo largo.
—Confía en mí —le dije al oído.
Él subió al auto sin mirar atrás.
Cuando el taxi desapareció, entré de nuevo a mi casa. Mi suegra me observaba con una curiosidad venenosa.
—¿Ya se fue tu papá? Pobrecito, se veía muy alterado.
La miré con una calma que ni yo misma reconocí.
—Sí. Ya se fue. Ahora falta que vuelva Ricardo.
Y mientras ellas sonreían sin saber nada, yo ya estaba preparando la trampa que iba a tragarse a toda su familia.
No podían imaginar lo que estaba a punto de pasar cuando Ricardo cruzara esa puerta…
PARTE 2
Ricardo contestó hasta la quinta llamada.
—Amor, ¿cómo estás? ¿Todo bien por allá? —dijo con su voz dulce, esa misma voz que durante años confundí con cariño.
—Estoy en la casa —respondí.
Hubo un silencio seco. Luego escuché un ruido de frenos, como si hubiera detenido el coche de golpe.
—¿En la casa? ¿Cómo que en la casa? ¿Ya regresaste?
—Terminé antes. No quise avisar para darte una sorpresa.
—Ah… claro… qué sorpresa —balbuceó—. ¿Y todo bien? ¿Tu trabajo? ¿La empresa?
Sonreí sin alegría. Estaba asustado.
—Justo por eso te llamo. Necesito que me escuches con calma. Esto no se lo puedes decir a nadie, ni a tu mamá ni a Maribel.
—¿Qué pasó?
Bajé la voz, como si compartiera un secreto peligroso.
—Ricardo, creo que podemos cambiar nuestra vida.
Su respiración cambió.
—¿De qué hablas?
—En la empresa hay un proyecto confidencial. Van a abrir un parque industrial enorme en una zona de Hidalgo que lleva años detenida por trámites. Todavía no se anuncia, pero cuando se haga público, los terrenos se van a pagar al triple.
—¿Estás segura?
—Yo vi los documentos antes de regresar. No puedo mover dinero mío porque la empresa está revisando cuentas internas después del viaje. Si yo compro algo, puede parecer uso de información privilegiada. Pero tú podrías hacerlo.
Ricardo guardó silencio. Yo casi podía imaginar sus ojos brillando.
—¿Cuánto se necesita?
—Una amiga de la universidad, Patricia, tiene cinco lotes allá. Está endeudada y los remata todos en seis millones. Si alguien compra ahora, en unas semanas podría recibir dieciocho o más.
—¿Dieciocho millones? —susurró.
La codicia le tembló en la garganta.
—Sí. Pero tiene que ser rápido.
—Yo… podría conseguir algo —dijo lentamente—. Tal vez tres millones.
Tres millones. Exactamente lo que había sacado con la casa de mi padre.
Apreté los dientes, pero mi voz salió emocionada.
—¿De verdad? Amor, eso sería maravilloso. Compra lo que puedas, aparta lo demás. Pero no le digas a nadie. Si mi empresa se entera de que salió de mí, me destruyen.
—No te preocupes —dijo ya más seguro—. Yo me encargo. Para eso soy tu marido.
Colgué y de inmediato escribí a Patricia, mi amiga de la universidad. Ella sí era asesora inmobiliaria y sí tenía unos lotes olvidados en una zona sin futuro, terrenos legales, con papeles en regla, pero sin ningún proyecto real cerca. Llevaba meses queriendo venderlos porque necesitaba liquidez.
“Ya mordió el anzuelo. Va a buscarte. Haz exactamente lo que hablamos.”
Patricia respondió con un emoji de guiño.
Ricardo fue esa misma tarde.
Después supe cada detalle por ella. Primero fue a ver la zona. Para reforzar la mentira, Patricia había pagado a un señor de una tiendita para que comentara, como al descuido, que por ahí habían pasado camionetas de gobierno y que “algo grande” venía. Ricardo escuchó lo que quería escuchar.
Media hora después llegó a la oficina de Patricia.
—Soy Ricardo, el esposo de Lucía —dijo, intentando sonar importante.
Patricia lo recibió con papeles sobre el escritorio, cara de cansancio y tono seco.
—Mira, Ricardo, yo no tengo tiempo. Cinco lotes, seis millones. Si compras todos, perfecto. Si no, tengo otros interesados.
Ricardo revisó las copias sin leer demasiado. La palabra “oportunidad” le pesaba más que cualquier advertencia. Con los tres millones del préstamo de mi papá, pagó dos lotes y dejó seiscientos mil pesos como anticipo para apartar los otros tres.
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