Firmó feliz.
Creyó que acababa de tocar la puerta de la riqueza.
Pero cuando manejaba de regreso, la cuenta no le cuadró. Necesitaba tres millones más en cinco días. Y ahí fue cuando su ambición se volvió todavía más miserable.
Esa noche llegó temprano. Yo estaba en la habitación, fingiendo descansar. Escuché sus pasos apresurados en la planta baja. No vino a verme. Fue directo al cuarto de su mamá.
Bajé en silencio y me quedé cerca de la puerta entreabierta.
—Mamá, Maribel, escúchenme bien —dijo Ricardo—. Esto no lo puede saber Lucía.
—¿Qué hiciste ahora? —preguntó doña Teresa.
—Nada malo. Al contrario. Encontré la oportunidad de nuestras vidas. Lucía anda débil por lo de su empresa, sus cuentas están vigiladas, pero me pasó un dato. Hay terrenos que van a triplicar su valor. Ya compré una parte, pero necesito completar tres millones más para quedarme con todo.
—¿Tres millones? —Maribel soltó una risa nerviosa—. ¿De dónde vamos a sacar eso?
Ricardo bajó la voz.
—De la casa de Puebla.
Sentí que hasta la pared se estremecía.
—¿Nuestra casa? —dijo doña Teresa—. Esa es la casa de tu padre, la de tus abuelos.
—Mamá, yo soy tu hijo. Tarde o temprano eso será mío. Si la vendemos ahorita, en un mes te compro una casa tres veces más grande. Ya no vas a tener que vivir de lo que Lucía quiera darte. Vas a tener chofer, empleada, viajes. Vas a ser una señora de verdad.
Hubo un silencio largo.
Ricardo sabía dónde pegar. Doña Teresa siempre había odiado depender de mí. Aceptaba mi dinero, mis regalos y mi casa, pero le dolía que todos supieran que la que sostenía a su hijo era yo.
Maribel fue la primera en caer.
—Mamá, piénsalo. Toda la vida Lucía se ha sentido superior. Siempre con sus juntas, sus viajes, su cara de “yo mantengo a todos”. Si Ricardo se vuelve millonario, se le acaba lo mandona.
—Pero vender tan rápido…
—Hay que hacerlo ya —insistió Ricardo—. Si no, perdemos la oportunidad.
Yo, detrás de la puerta, sentí una mezcla de asco y alivio.
Ellos solos estaban metiendo la cabeza en la soga.
Al día siguiente, doña Teresa y Maribel viajaron a Puebla con el pretexto de visitar a un familiar enfermo. En realidad, vendieron la casa familiar a un precio menor al mercado para recibir dinero inmediato. Tres millones en efectivo y transferencia. Ricardo recibió el monto con una emoción que casi no podía ocultar.
Durante esos días, la casa se volvió un teatro ridículo.
Mi suegra dejó de fingir amabilidad.
—Lucía, la sopa está insípida —me dijo una noche, empujando el plato—. Ahora que tienes problemas en el trabajo, deberías aprender a servir mejor en tu casa. El dinero va y viene, pero una mujer que no sabe atender a su marido no vale mucho.
Maribel se rió.
—Además, cuando Ricardo levante su negocio, tú vas a tener que bajarle a tus aires de jefa. Ya no vas a ser la reina aquí.
Yo limpié la mesa sin responder.
—Tienen razón —dije suavemente—. Tal vez las cosas cambien pronto.
Ellas creyeron que me había rendido.
No sabían que Patricia ya me había enviado el mensaje que yo esperaba:
“Firmó todo. Pagó los seis millones. Los cinco lotes ya están a nombre de Ricardo. Te transferí el excedente como acordamos.”
De los seis millones, Patricia recuperó el valor real de sus terrenos, descontó su comisión y me transfirió el resto. Con ese dinero aparté de inmediato los tres millones para liberar la casa de mi padre. Todo estaba documentado. Todo era legal. Ricardo había comprado terrenos reales. Nadie lo obligó. Nadie falsificó nada. Solo creyó, por codicia, una mentira que nunca se molestó en verificar.
Pero la caída todavía no empezaba.
La noche del quinto día, Ricardo entró a la casa con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa de hombre poderoso.
—Familia —dijo en voz alta—, pronto vamos a dejar de vivir bajo la sombra de Lucía.
Doña Teresa aplaudió emocionada. Maribel hasta abrió una botella de vino.
Yo lo miré desde la cocina.
—¿De verdad, Ricardo?
Él me sostuvo la mirada con desprecio disfrazado de triunfo.
—Ya era hora de que este matrimonio tuviera un hombre al frente.
Y justo cuando levantó la copa para brindar, mi celular sonó.
Era mi abogado.
Lo puse en altavoz.
—Lucía —dijo—, ya confirmamos todo. Mañana a las diez podemos iniciar el trámite para recuperar la propiedad de tu padre y presentar la denuncia por fraude contra Ricardo.
El rostro de mi esposo perdió todo color.
Doña Teresa dejó caer la copa.
Y Maribel, por primera vez en su vida, se quedó sin palabras.
Ricardo apenas alcanzó a susurrar:
—¿Qué dijiste?
Yo sonreí con calma.
—Que mañana vamos a hablar de los tres millones que le robaste a mi papá.
Y entonces entendieron que la verdadera dueña del juego nunca había dejado de ser yo…
PARTE 3
—Lucía, podemos arreglar esto —dijo Ricardo, dejando la carpeta sobre la mesa como si quemara—. No hagas un escándalo.
Me reí sin ganas.
—¿Escándalo? ¿Así le llamas a inventar que tu esposa estaba detenida para quitarle la casa a un anciano?
Doña Teresa se llevó una mano al pecho.
—¿De qué está hablando?
La miré.
—Su hijo llamó a mi papá, le dijo que yo estaba en problemas legales y lo convenció de firmarle un poder para hipotecar su casa. Con ese dinero compró los terrenos que ustedes celebraron tanto.
Maribel volteó hacia Ricardo.
—¿Entonces los tres millones que dijiste que te prestaron en la fábrica…?
Él no respondió.
No hacía falta.
Doña Teresa se sentó lentamente. En su cara se mezclaban la vergüenza, el miedo y una furia que todavía no sabía hacia quién dirigir.
—Ricardo… ¿tú hiciste eso?
—Lo hice por todos —gritó él, desesperado—. Iba a multiplicar el dinero. Iba a pagar lo de su papá, iba a recuperar la casa de ustedes, iba a callarle la boca a Lucía.
—¿Recuperar nuestra casa? —Maribel se puso de pie—. ¡Nos hiciste vender la casa de mis abuelos!
—¡Porque ustedes aceptaron! —le respondió—. Nadie las obligó. Querían dinero, querían sentirse ricas, querían dejar de depender de Lucía. No se hagan las inocentes.
El golpe fue brutal porque era cierto.
Doña Teresa empezó a llorar, pero no con lágrimas limpias. Lloraba por la casa perdida, por el orgullo roto, por haber descubierto que su hijo la había usado igual que usó a mi padre.
—Ricardo —dije—, los terrenos existen. Están a tu nombre. Felicidades. Compraste cinco lotes sin valor comercial real, en una zona que lleva años detenida y seguirá detenida. Nadie va a pagarte dieciocho millones.
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