¿Ese señor todavía no termina de limpiar? Mira cómo dejó oliendo toda la sala… parece mercado de pueblo.
Escuché esa frase apenas puse un pie dentro de mi casa.
Me quedé inmóvil en la entrada, con la maleta todavía en la mano y el cansancio del vuelo pegado en los huesos. Había vuelto antes de lo previsto de Monterrey, donde pasé casi un mes cerrando un contrato importante para la empresa industrial en la que trabajaba como directora de proyectos. Se suponía que estaría fuera dos meses, pero todo salió mejor de lo esperado y decidí regresar sin avisar para sorprender a mi esposo, Ricardo.
La sorprendida terminé siendo yo.
Desde el recibidor de la casa en Coyoacán alcancé a ver la escena que me partió algo por dentro.
Mi papá, don Julián, un hombre de sesenta y siete años que toda su vida trabajó la tierra en un pueblo de Puebla, estaba de rodillas sobre el piso de madera, limpiando con un trapo viejo una mancha de salsa y caldo que se había derramado de una canasta. A un lado estaban unos huevos rotos, unas tortillas envueltas en servilleta y un frasco de mole casero hecho pedazos.
En el sillón, como si aquello fuera un espectáculo, estaban mi suegra, doña Teresa, y mi cuñada Maribel, comiendo uvas y viendo la televisión.
—Límpiele bien, don Julián —dijo Maribel con una sonrisa torcida—. Porque a Lucía luego le da por hacerse la fina y se enoja si su casa huele a rancho.
Mi suegra soltó una risita.
—Yo se lo dije a Ricardo. ¿Para qué viene su papá cargando cosas? Aquí no nos hace falta comida de pueblo. Esta casa tiene refrigerador lleno, no necesita esos olores.
Sentí que la sangre me subía a la cara.
Yo era Lucía Hernández. Tenía treinta y seis años, trabajaba más de doce horas al día y esa casa la había comprado yo, con años de desvelos, viajes, juntas y sacrificios. Ricardo, mi esposo, era supervisor en una planta de empaques. Nunca lo humillé por ganar menos, nunca le reproché que yo pagara la hipoteca, los servicios, las medicinas de su mamá y hasta los caprichos de su hermana.
Pero ver a mi padre arrodillado en mi propia sala mientras ellas lo trataban como sirviente me dejó sin aire.
La maleta cayó al suelo con un golpe seco.
Las tres cabezas voltearon al mismo tiempo.
Maribel se atragantó con una uva. Doña Teresa se levantó de golpe, con los ojos abiertos como platos.
—¿Lucía? —balbuceó—. ¿Ya regresaste? Pero Ricardo dijo que…
No terminé de escuchar. Caminé directo hacia mi papá.
—Papá, levántate.
Él levantó la cara. Traía la camisa manchada, las manos temblorosas y una vergüenza que no le pertenecía.
—Mija… ¿tú qué haces aquí?
Su pregunta me heló más que la escena.
—¿Cómo que qué hago aquí? Es mi casa. ¿Por qué estás limpiando el piso de rodillas?
Mi papá bajó la mirada.
—Se me cayó la canasta. No quise causar problemas.
Me giré hacia mi suegra.
—¿Y a ninguna de ustedes se le ocurrió darle un trapeador? ¿O ayudarlo? ¿No les dio vergüenza ver a un señor mayor limpiando así?
Maribel se cruzó de brazos.
—Ay, Lucía, no empieces. Si él lo tiró, él lo limpia. Además, nadie lo obligó a venir con sus cosas oliendo feo.
—Maribel —dije, despacio—, esta casa la pago yo. Y en esta casa nadie trata así a mi padre.
Doña Teresa se recompuso rápido. Se acomodó el collar y habló con ese tono falso que siempre usaba cuando quería parecer víctima.
—No exageres. Tu papá llegó de repente, todo nervioso. Dijo que necesitaba ver a Ricardo. Luego se le cayó la comida y él solito quiso limpiar. Nosotras no hicimos nada malo.
—¿Dónde está Ricardo?
La sala quedó en silencio.
—Salió —respondió mi suegra—. Tenía algo urgente.
Saqué el celular.
—Entonces le voy a llamar.
Apenas desbloqueé la pantalla, mi papá me sujetó la muñeca con una fuerza desesperada.
—No, mija. No lo llames.
Lo miré confundida. Tenía la frente empapada de sudor y los ojos llenos de pánico.
—Papá, ¿qué pasa?
—Ven conmigo —me susurró—. Por favor. A solas.
Me jaló hacia la habitación de visitas sin esperar mi respuesta. Cerró la puerta con seguro y se sentó en la orilla de la cama como si las piernas ya no le respondieran.
Yo seguía de pie, con el corazón golpeándome en el pecho.
—Papá, dime la verdad. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué te dijo Ricardo?
Mi padre me miró como si todavía no pudiera creer que yo estuviera frente a él.
—Mija… ¿entonces no estás detenida?
Sentí que el mundo se ladeaba.
—¿Detenida? ¿De qué hablas?
Él tragó saliva. Sacó del bolsillo una hoja doblada, arrugada, casi húmeda de tanto apretarla.
—Ricardo me habló hace una semana. Me dijo que en Monterrey habías cometido un error con dinero de la empresa. Que te tenían retenida mientras investigaban. Que necesitaban tres millones de pesos para arreglar todo antes de que te metieran a la cárcel.
Me quedé muda.
—¿Qué?
—Me dijo que no podía llamarte. Que si yo hablaba contigo o con alguien más, podía empeorar tu situación. Me dijo que tus cuentas estaban congeladas, que él era el único que podía ayudarte.
El cuarto empezó a girar.
—Papá… yo fui a cerrar un contrato. Nadie me detuvo. Nadie me investigó. Volví porque terminé antes.
Mi padre cerró los ojos. Se le quebró la cara.
—Entonces me engañó.
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