ANUNCIO

Un frasco oscuro, una abuela demasiado segura y un niño que ya no quería abrir la boca desataron el secreto familiar que nadie se atrevía a cuestionar.

ANUNCIO
ANUNCIO

La cocina quedó en silencio. Diego, desde la mesa, soltó un suspiro cansado.

—Lucía…

—No, Diego. Hoy quiero ver.

Doña Carmen abrió una alacena y sacó el frasco oscuro. Lo agitó. La sustancia adentro se pegó al vidrio, espesa, café, amarga con solo olerla.

—Es ajenjo, miel, raíz de genciana y otras cositas digestivas.

—¿Qué otras cositas?

La señora la miró como si Lucía acabara de insultarla.

—No tienes por qué hablarme así en mi casa.

—Y usted no tiene por qué darle nada a mi hijo sin decirme qué contiene.

Diego se levantó.

—Ya basta. Mamá, no se lo des hoy y vámonos.

Doña Carmen apretó el frasco contra el pecho.

—Ah, claro. Ahora resulta que yo soy la mala. La única que se preocupa por este niño soy yo.

Mateo empezó a llorar en silencio.

Lucía lo tomó de la mano, pero esa noche, ya en su casa, el niño volvió a ponerse mal. Primero pidió agua. Luego se acostó en el sillón, pálido, sudando frío, con las manos en el vientre.

A la una de la madrugada, Lucía despertó con un sonido ahogado.

Corrió al cuarto. Mateo estaba vomitando, con los ojos entreabiertos y el cuerpo temblando.

—¡Diego! ¡Llama a una ambulancia!

Y mientras sostenía a su hijo para que no se ahogara, Lucía entendió que aquello nunca había sido un berrinche.

No van a creer lo que pasó después…

PARTE 2

En urgencias, el olor a cloro y café recalentado le revolvió el estómago a Lucía. Mateo iba en una camilla, con una cobija azul encima y una vía en la mano. Se veía tan chiquito que ella sintió culpa hasta por respirar.

Diego caminaba detrás, despeinado, con la chamarra mal puesta y el miedo por fin asomándole en la cara.

Una doctora joven, de cabello recogido y voz firme, revisó a Mateo con rapidez.

—¿Cuándo empezó el vómito?

—Como a la una —respondió Lucía—. Desde la tarde estaba raro. Muy cansado. Le dolía el estómago.

—¿Qué comió?

—Comida en casa de su abuela. Pollo, arroz, gelatina.

La doctora anotó algo.

—¿Ha tomado medicamentos? Vitaminas, gotas, jarabes, remedios caseros… cualquier cosa.

Lucía sintió que todo el ruido del hospital se apagaba.

—Sí.

Diego la miró de golpe.

—Lucía…

Ella no lo peló.

—Mi suegra le da un jarabe cada domingo. Dice que es natural, para abrirle el apetito. Viene en un frasco sin etiqueta.

La doctora levantó la vista.

—¿Desde cuándo?

Lucía tragó saliva.

—Como desde hace dos años.

La doctora no hizo escándalo. No abrió los ojos de más. Eso fue lo que más miedo le dio a Lucía: que no pareciera sorprendida.

—Vamos a pedir análisis completos y un toxicológico.

—¿Toxicológico? —Diego dio un paso adelante—. Espere, doctora, mi mamá trabajó en farmacia. Ella sabe…

—Señor, en este momento no estamos hablando de su mamá. Estamos hablando de un niño con signos que no encajan con una simple infección estomacal.

Diego se quedó callado.

Lucía pasó la noche sentada junto a Mateo. Le sostenía la manita mientras el suero caía gota por gota. Cada tanto, el niño abría los ojos y murmuraba:

—Mamá, ya no quiero ir.

Y ella respondía:

—No vas a volver, mi amor. Te lo prometo.

A las siete de la mañana, la doctora regresó con una carpeta. Cerró la puerta antes de hablar.

—Encontramos rastros de loperamida en sangre y orina.

Lucía no entendió al principio.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO