—¿Eso qué es?
—Un medicamento para detener la diarrea. En adultos se usa bajo ciertas condiciones. En niños pequeños puede ser peligroso, y más si se administra de forma repetida. Puede causar dolor abdominal, vómito, debilidad, alteraciones del ritmo cardiaco y problemas en el movimiento intestinal.
Diego se puso blanco.
—No. Eso no puede ser.
—Los resultados son claros —dijo la doctora—. No parece una sobredosis de una sola vez. Parece exposición repetida.
Lucía sintió que la rabia le subía desde el estómago hasta la boca, pero no gritó. Miró a Diego.
—Llámale.
—Lucía, no…
—Llámale ahora.
Diego sacó el celular con manos torpes. Puso el altavoz. Doña Carmen contestó al cuarto tono.
—¿Bueno? Diego, ¿por qué me marcas tan temprano?
—Mamá, Mateo está en el hospital.
Hubo una pausa. No un grito. No un “¿qué pasó?”. Una pausa seca, calculada.
—¿Qué tiene?
—Encontraron loperamida en sus análisis. La doctora dice que alguien se la ha dado varias veces.
Silencio.
Lucía apretó los puños.
—Mamá —insistió Diego—, dime qué tenía el jarabe.
Doña Carmen respiró fuerte.
—Ay, Diego, no empieces.
—¿Qué tenía?
—Era muy poquito.
Lucía cerró los ojos.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Una parte mínima. Media pastillita disuelta en todo el frasco. Ni siquiera era dosis completa. Yo sabía lo que hacía.
—¡Tiene cinco años! —gritó Diego por primera vez en años.
—Y estaba flaquito, Diego. ¡Flaquito! Iba a mi casa y parecía que no le daban de comer. Yo quería ayudarlo. Con eso se le calmaba el estómago, comía mejor, se le regulaba todo.
—Le estabas dando un medicamento sin decirnos.
—Porque Lucía nunca me habría dejado. Ella siempre se cree más lista que todos. Pero míralo, por su culpa el niño no mejoraba. Yo le decía que se lo diera diario, para que el cuerpo se acostumbrara, pero no me hacía caso. Por eso le pegaba tan fuerte cada domingo.
Lucía sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
No era un accidente. No era un error aislado. Doña Carmen sabía exactamente lo que estaba haciendo y aun así culpaba a Lucía.
Diego colgó sin despedirse. Se quedó viendo la pantalla apagada como si ya no reconociera su propia vida.
—Ella pensó que ayudaba —murmuró.
Lucía volteó lentamente.
—No te atrevas.
—No digo que esté bien…
—Tu hijo lleva dos años enfermándose. Dos años diciéndome que no quería ir. Dos años tomando algo que le hacía daño mientras tú me decías que yo exageraba.
Diego se sentó en la silla, hundido.
—Yo no sabía.
—No quisiste saber.
La doctora volvió más tarde para explicar que Mateo estaba estable, que con suero y vigilancia iba a mejorar. También les dijo que el caso debía quedar reportado, porque un menor había recibido medicamento no indicado sin autorización de sus padres.
Esa palabra, “reportado”, hizo que Diego levantara la cabeza.
—¿A autoridades?
—Al área correspondiente del hospital. Después se determina el procedimiento.
Lucía no sintió miedo. Sintió alivio. Por primera vez, alguien fuera de esa familia estaba poniendo nombre a lo que había pasado.
Esa tarde, doña Carmen llegó al hospital aunque Diego le había dicho que no fuera. Lucía la vio desde el pasillo, con su bolsa negra en el brazo y una carpeta llena de diplomas viejos de la farmacia.
—Quiero ver a mi nieto —exigió.
Lucía se paró frente a la puerta de la habitación.
—Usted no entra.
—Tú no puedes prohibirme nada. Soy su abuela.
—Soy su madre.
Doña Carmen apretó la boca.
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