—Que si una pieza valiosa aparece oficialmente como quemada, puede venderse por debajo de la mesa. Ya no existe en papeles. Nadie la reclama. Nadie la busca.
Ana sintió que la rabia le subía por la garganta.
—¿Larisa estaba metida?
Paulo bajó la mirada.
—Larisa fue quien se acercó a Carlos con ciertos clientes. Al principio eran favores. Revisar una pieza, firmar un dictamen, cambiar una descripción. Luego ya no pudo salirse. Su firma estaba en documentos falsos. Lo tenian agarrado.
Ana quiso odiar a Carlos en ese momento. Quiso odiarlo por no confiar en ella, por haberle dejado una mentira como herencia, por haber sido débil. Pero también recordó sus manos, su manera de decir “mi esposa” con ternura, sus noches llegando cansado, su culpa escondida en los ojos durante las últimas semanas que ella, por ingenua, no supo leer.
—Él intentó corregirlo —dijo Paulo—. Empezó a juntar pruebas. Escondió esa imagen porque era la pieza que demostraba que los papeles del incendio eran falsos.
—Y ¿quién más puede hablar?
—Doña Teresa. La encargada de inventario del taller. Ella sabe lo que entraba, lo que salía y lo que desaparecía.
Ana fue al taller dos días después. La puerta pesada del sótano le trajo el mismo olor que recordaba en la ropa de Carlos: barniz, madera, solvente. Doña Teresa era una mujer de sesenta y tantos, bajita, de cabello blanco recogido y manos manchadas de trabajo. Al ver a Ana, no sonreír.
—Ya pasó un año —dijo—. Si viene por respuestas, llegó tarde.
Ana tomó una fotografía de la imagen sacra.
—Carlos la escondió. Me dejó una nota.
La cara de doña Teresa no cambió, pero sus ojos sí.
—Entre —dijo—. Y cerrando la puerta.
En una mesa llena de pinceles, marcos y frascos, Ana contó todo. Doña Teresa escuchó sin interrumpir. Al final abrió un cajón y sacó un cuaderno grueso, forrado con plástico transparente.
—Este no es el registro oficial —dijo—. Es el mío.
Dentro había fechas, nombres, descripciones y observaciones. Durante años, doña Teresa había anotado lo que veía realmente, aunque los documentos del taller dijeran otra cosa. Piezas religiosas sin procedencia que aparecían como “objetos domésticos”. Marcos de colección descritos como “decorativos”. Candelabros con sellos antiguos declarados “sin valor histórico”.
—Me callé por miedo —dijo doña Teresa—. Una vieja sola no se enfrenta a gente así. Pero Carlos empezó a hacer preguntas. Lo escuché discutir con Larisa por teléfono. Le dijo: “Me metiste en algo de lo que no se sale vivo”.
Ana cerró los ojos.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»