La frase sonó como una sentencia.
Durante tres semanas, Ana y doña Teresa trabajaron juntas. Revisaron papeles, copiaron documentos, fotografiaron registros, compararon fechas. Paulo consiguió contactos. Don Sebastián preparó un dictamen sobre la imagen sacra. Poco a poco, la muerte de Carlos dejó de ser una tragedia nebulosa y se convirtió en un mapa.
El incendio no había sido casual. Varias piezas declaradas destruidas estaban próximas a aparecer en una muestra privada para coleccionistas. Larisa, según correos y registros, participaba como intermediaria. El objetivo era vender objetos “sin procedencia”, cuando en realidad pertenecían a colecciones desaparecidas.
Ana llevó todo a una unidad especializada en tráfico ilegal de bienes culturales. El investigador, un hombre cansado de ojos serios, no prometió milagros, pero escuchó. Y cuando vio la nota de Carlos, el dictamen, el cuaderno de doña Teresa y las fotografías del departamento, cerró la carpeta con cuidado.
—Si esto se confirma —dijo—, no estamos hablando solo de una pelea familiar. Estamos hablando de una roja.
La oportunidad llegó dos semanas después.
La muestra privada se realizó en una casona remodelada de la Roma Norte. Desde afuera parecía una reunión elegante: autos caros, trajes oscuros, copas de vino, conversaciones bajas. Ana entró con doña Teresa y Paulo como invitados de un antiguo cliente. El investigador ya estaba dentro, buscando revisar un catálogo. Policias de civil cubrian las salidas.
Larisa estaba junto a una ventana, vestida de negro, con una copa en la mano. Se veía segura. Dueña de todo. Hasta que vio a Ana.
Primero se quedó quieto. Luego vio a doña Teresa. Después de Paulo.
Y la seguridad se le quebró en la cara.
Ana caminó despacio hacia una vitrina donde había un marco antiguo. Doña Teresa lo observó apenas unos segundos.
—Ese pasó por el taller —susurró—. Y el sello es de Iturriaga.
Paulo tomó una fotografía antigua. Coincidían las medidas, la grieta de una esquina, el diseño del tallado.
Ana abrió su bolsa y sacó la imagen sacra que Carlos había escondido.
La inclinación sobre la vitrina.
El murmullo de la sala se apagó.
—Esta pieza —dijo Ana, mirando a Larisa— también aparece en los documentos como quemada en la bodega donde murió Carlos. Pero no se quemó. Él la escondió nueve días antes del incendio porque sabía que ustedes iban a borrar todo.
Larisa dejó la copa con demasiada fuerza.
—Estás enferma —dijo—. Te quedaste sola demasiado tiempo inventando historias. Carlos no era el santo que tú crees.
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