La empleada abrió con una llave de servicio. La puerta chirrió.
Dentro solo había una caja de madera, larga y estrecha, envuelta en tela gris y atada con cordel.
Ana la cargó como si fuera algo vivo.
No la ahí abrió. Tomó un taxi y la llevó a su departamento. Cerró con doble llave. Puso la caja sobre la mesa y desató el cordón con dedos temblorosos. Al retirar la tela encontró una imagen religiosa antigua: una Virgen pintada sobre madera, con marco de plata oscurecida y grietas finas como venas secas.
Ana la reconocida.
Carlos le había mostrado una fotografía de esa pieza semanas antes de morir. Le dijo que era una de las más valiosas que habían llegado al taller. Después del incendio, el dueño le aseguró que esa imagen se había quemado en la bodega.
Pero estaba ahí.
Debajo de la imagen había un sobre blanco.
Ana lo abrió.
La letra era de Carlos.
“Anita, si estás leyendo esto, es porque no pude volver. Perdóname. No vendes el departamento. Larisa va a presionarte. No le creas. Busca al hombre de la tarjeta. Él sabe qué encontré. Y si de verdad me amaste, no permitas que entierren la verdad conmigo”.
Ana leyó la nota una vez. Luego otra. Luego otra más. Las lágrimas salieron de golpe, violentas, calientes, después de meses de sequía. No lloraba solo por Carlos. Lloraba porque algo dentro de ella acababa de despertar.
En el sobre venía también una tarjeta sencilla: Sebastián Aguirre, tasador de arte sacro. Una dirección en Coyoacán. Un número telefónico. Y tres fotografías antiguas del propio departamento de Ana, tomadas antes de que ella naciera. En ellas aparecía el antiguo estudio, los armarios empotrados y, sobre una mesa, varias imágenes religiosas parecidas a la que Carlos había escondido.
Ana no llamó a Larisa. No llame a la policía. Todavía no. Sabía que si llegaba con una caja y una nota diciendo que su esposo muerto le había dejado pistas, quizás la mirarían como a una viuda rota que no aceptaba la realidad. Primero necesitaba entender.
Al día siguiente fue a Coyoacán.
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