ANUNCIO

Un año después de enterrar a su esposo, Ana recibió una llamada desde la central camionera: había un depósito pagado a nombre de él hasta el día anterior. Todos le dijeron que era un error, pero cuando abrió la puerta metálica y encontró una caja escondida con una nota escrita por Carlos, entendió que su viudez había sido construida sobre una mentira… ¿quién lo había mandado al fuego?

ANUNCIO
ANUNCIO

Don Sebastián vivía en una casa vieja con bugambilias y olor a papel antiguo. Era un hombre delgado, de lentes finos y manos cuidadosas. Cuando Ana puso la imagen sobre su mesa, él se puso guantes, se acercó una lámpara y guardó silencio durante varios minutos.

—¿De dónde sacó esto? —preguntó al fin.

—Mi esposo la dejó escondida antes de morir. Me dijeron que se había quemado.

Don Sebastián respiró hondo.

—Entonces le mintieron.

Ana presionó la bolsa sobre sus piernas.

—¿Qué es?

—Una pieza de la colección Iturriaga. Don Mario Souza Iturriaga fue un coleccionista de arte sacro. Vivió muchos años en el departamento donde usted vive ahora. Después de su muerte, parte de su colección desapareció. Lo más importante no eran solo las piezas, sino los documentos: inventarios, cartas, fotografías, registros de procedencia. Sin esos papeles, cualquier imagen antigua puede venderse como objeto sin historia. Con esos papeles, se vuelve patrimonio, memoria, prueba.

Ana sintió frío.

—Carlos encontró algo en nuestro departamento.

—Vino a verme hace más de un año —dijo don Sebastián—. Trajo fotos de documentos escondidos detrás de un armario. Estaba emocionado al principio. Después se puso nervioso. Me pidió una tarjeta y dijo: “Si algo me pasa, Ana tiene que saber a quién buscar”.

Ana se cubrió la boca.

—¿Usted cree que lo mataron?

Don Sebastián no respondió de inmediato.

—Creo que un incendio que destruye pruebas, piezas ya un testigo al mismo tiempo es demasiado conveniente.

Esa frase acompañó a Ana de regreso a casa como una sombra sentada junto a ella en el metro.

Durante la siguiente semana, Ana hizo lo que mejor sabía hacer: ordenar información. Como bibliotecaria, estaba acostumbrada a fechas, nombres, archivos, notas cruzadas. Revisó los cuadernos de Carlos. Encontró una anotación que antes no le había dicho nada: “Paulo N. Preguntar por sello reverso. No llamar desde taller”.

Buscó en el celular viejo de Carlos hasta encontrar un contacto: Paulo Negrón, Museo.

Se adquirió en una banca del Parque México. Paulo era un hombre mayor, flaco, con saco gastado y mirada de quien lleva años huyendo de una conversación.

—Carlos me llamó tres días antes del incendio —confesó—. Dijo que si algo le pasaba, no buscara al asesino primero, sino a quien se beneficiaría de declarar destruidas las piezas.

—¿Qué significa eso?

Paulo miró alrededor antes de contestar.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO