Las chicas te rodean como una cálida avalancha, con los brazos alrededor de tu cintura y las caras pegadas a tu abrigo. Lucía alza la vista con una seriedad que te destroza. "¿Podemos llamarte mamá ahora?", pregunta. Te arrodillas y las abrazas a las tres a la vez, sosteniéndolas como el milagro que nunca te atreviste a pedir. "Si quieres", susurras. Gritan que sí al unísono como si fuera la decisión más fácil del mundo. Y es entonces cuando entiendes, por fin, lo que durante años creíste que te faltaba. La familia no siempre es de sangre. A veces es compromiso. A veces es presencia. A veces es un hombre que escribe "cita con Sofía" en un calendario de nevera como si importaras. A veces son tres niñas con suéteres rojos que llegan temprano con chocolate caliente y un plan, porque se niegan a dejar que su padre deje de ser feliz.
Tu primera cita a ciegas no estuvo vacía. Solo llegó tarde. Y cuando llegó, llegó con tres corazoncitos a la cabeza, demostrando la verdad que temías creer.
Que el tipo correcto de amor no te elige sólo una vez.
Se queda.
EL FIN