“Camila…”
Una voz rompió el silencio de la lluvia.
Levantó la vista, con el corazón acelerado. La lluvia caía a cántaros sobre su rostro, mezclándose con lágrimas que ya no podía distinguir entre dolor e ira.
Bajo la tenue luz amarilla de la farola, una figura se abalanzó sobre ella.
“…¿Diego?”
Su voz temblaba.
Su hermano. A quien no había visto en meses, porque Álvaro siempre encontraba la manera de mantenerlos separados.
Diego no dijo nada. Se quitó la chaqueta y se la puso suavemente sobre los hombros.
Cuando vio la marca en su mejilla, su expresión cambió.
No es un shock.
Ira controlada. Frío y silencioso.
“¿Quién te hizo esto?”
Camila no respondió.
No era necesario.
Diego alzó la vista hacia la casa. Luces encendidas. Cortinas que se movían. Sombras tras el cristal.
Él ya lo sabía.
Siempre lo había sabido.
Solo Camila se había negado a verlo.
—Vamos —dijo con firmeza—. Te vas conmigo.
Ella dudó.
Su mirada se desvió hacia la puerta, aquel lugar que una vez llamó hogar, ahora nada más que una prisión.
—No tengo nada —susurró.
Diego apretó la mandíbula.
“Te tienes a ti misma.”
Una pausa.
“Y con eso basta.”
No llamó a la puerta.
No gritó.
No rogué.
Camila simplemente se dio la vuelta…
Y caminó bajo la lluvia junto a él.
Dentro de la casa, Álvaro observaba.
Brazos cruzados.
Molesto, pero seguro de sí mismo.
—Se arrepentirá —murmuró—. No tiene adónde ir.
Detrás de él, su madre soltó una risa seca.
Déjala. Mañana volverá a pedirte limosna.
Pero esa noche…
Ella no regresó.
A la mañana siguiente, Álvaro se despertó tarde.
No, Camila.
Sin desayuno.
Sin café.
No había ninguna presencia silenciosa que hubiera mantenido su vida en marcha sin que él se diera cuenta.
Frunció el ceño.