Y se fue con una mano sostenida por el hijo que había recuperado, y la otra por la hija que la vida le había enviado demasiado tarde, pero justo a tiempo.
El funeral fue sencillo, como ella había pedido. No quise discursos empresariales ni coronas exageradas. Rodrigo mandó colocó gardenias blancas alrededor de su fotografía y pidió que tocaran las canciones que su padre ponía los domingos.
Mucha gente participó. Socios, médicos, empleados, conocidos de la sociedad.
Pero Rodrigo solo veía a Valentina, de pie cerca del féretro, con un vestido negro humilde y una vieja fotografía entre las manos: la imagen de su madre, Consuelo.
Al terminar la ceremonia, él se acercó.
—Mi madre la amó.
Valentina secó una lágrima.
—Yo también la amé.
Rodrigo observó la fotografía que ella sostenía.
—¿Esa es su mamá?
-Si.
—Me gustaría conocer Oaxaca algún día. Llevar flores a su tumba, si usted me lo permite.
Valentina lo miró sorprendida.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»