Porque estaba llena de resentimiento.
Porque toda la vida pensé que tú eras la brillante, la amada, la que se quedaba con todo.
—Yo te busqué —dijo Carmen—. Te busqué durante años. Dejé de hacerlo cuando James me mostró un acta de defunción.
Patricia no respondió.
—¿James falsificó mi muerte?
Morrison trató de intervenir.
—Patricia, no escuches…
—¡Cállate! —gritó la mujer—. ¡Me usaste!
Pero Patricia aún guardaba una herida más.
—Carmen, también tengo documentos del Proyecto Atlas. Prueban que no todo lo inventaste tú. Gran parte de las bases pertenecía al doctor Fernando Castillo.
Miguel sintió que su madre temblaba.
—Mamá…
Carmen cerró los ojos.
—Es verdad.
La palabra dolió más que cualquiera de las acusaciones anteriores.
—Fernando fue mi mentor. Sus modelos eran brillantes. Yo tomé parte de su investigación cuando estaba enfermo y registré aplicaciones derivadas bajo mi nombre. Pensé que si lograba convertirlas en algo comercial, algún día podría corregirlo. Pero después llegaron la ambición, James, el miedo… y ya nunca tuve valor de confesar.
Miguel soltó las manos de su madre, herido.
—Entonces no solo te escondiste de Morrison. También te escondiste de lo que hiciste.
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