Si tu hermano no aprende con palabras, va a aprender con una cachetada —dijo Óscar, parado en medio de la cocina, con la mano todavía levantada.
Yo tenía diecisiete años y, hasta ese sábado, todavía creía que una casa podía sostenerse con esfuerzo, paciencia y silencio. Me llamo Camila, vivo en Iztapalapa con mi mamá, Leticia, y mi hermanito Diego, de ocho años. Mi mamá trabaja como enfermera en un hospital público; sale antes de que amanezca y vuelve casi siempre con la mirada apagada, oliendo a gel antibacterial y cansancio. Por eso, desde que terminé la prepa antes de tiempo, decidí tomarme un año antes de entrar a la universidad. Quería trabajar, ahorrar y ayudarla.
Yo pagaba el internet, el teléfono y parte de la despensa. También cocinaba, limpiaba la sala, el baño y cuidaba a Diego cuando mi mamá doblaba turno. No me quejaba. Diego es un niño sensible, inteligente, con autismo leve y TDAH. A veces se ríe fuerte, a veces repite la misma pregunta cinco veces, pero jamás ha sido malo. Solo necesita paciencia.
Todo empezó a cambiar cuando mi mamá metió a Óscar a la casa.
Al principio dijo que solo se quedaría “unos días” porque estaba pasando por una mala racha. Después esos días se volvieron semanas, y las semanas, seis meses. Óscar manejaba por aplicación tres o cuatro horas cuando quería, pero se la pasaba acostado en el sillón viendo televisión, dejando platos sucios, vasos en el baño y la puerta del refrigerador abierta. Se comía lo que yo compraba para toda la semana y luego decía:
—Es comida, no oro. Si se acaba, compran más.
Mi mamá fingía no escuchar. O tal vez estaba demasiado cansada para pelear.
Pero lo peor no era eso. Lo peor era cómo miraba a Diego. Como si le estorbara respirar.
—Ese niño ya está grandecito para hacerse el raro —decía cuando Diego se tapaba los oídos por el ruido de la licuadora.
—No le hables así —le contestaba yo.
—Tú no eres su mamá.
—Pero soy la que lo cuida.
Mi mamá siempre intervenía tarde, con una voz débil:
—Óscar, ya déjalo.
Y él se reía, como si todos viviéramos en su casa.
Ese sábado, Diego había sacado diez en matemáticas. Para celebrarlo le prometí hacer slime, algo que llevaba semanas pidiéndome. Pusimos periódico sobre la mesa, mezclamos pegamento, colorante azul y detergente. Diego estaba feliz. Reía con esa risa limpia que a mí me recordaba que todavía había algo bueno en la casa.
Entonces un poco de slime cayó sobre su playera.
—No pasa nada, campeón —le dije—. Voy por un trapo y luego la metemos a lavar.
Fui al baño. Tardé menos de un minuto.
De pronto escuché un golpe seco. Después, el grito de Diego.
No fue un berrinche. No fue susto. Fue un grito de dolor.
Corrí a la cocina y vi a Óscar inclinado sobre mi hermano, señalándolo con el dedo.
—¡Mugroso! ¡A ver si así aprendes a no ensuciar como animal!
Diego tenía la mejilla roja. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero ni siquiera podía llorar bien. Se había quedado paralizado.
Sentí que el piso se abría debajo de mí.
—¿Le pegaste? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Óscar volteó con una sonrisa torcida.
—Alguien tiene que educarlo.
No pensé. Solo abracé a Diego, lo levanté de la silla y lo llevé a mi cuarto. Él temblaba contra mi pecho, repitiendo bajito:
—Fue accidente, Cami… fue accidente…
Óscar nos siguió por el pasillo gritando que yo era una mocosa insolente, que en su casa nadie le faltaba al respeto.
Su casa.
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