PARTE 1
Mateo Villanueva llegó al imponente Gran Hotel Imperio, ubicado en la zona más exclusiva de Polanco en la Ciudad de México, un martes por la mañana. Llevaba una mochila de lona desgastada, tenis sencillos y una playera negra que evidenciaba 3 semanas continuas de insomnio. No había camionetas blindadas esperándolo, ni escoltas abriéndole paso en la entrada. A sus 34 años, Mateo había volado desde Monterrey en clase económica. Su padre, antes de fallecer, le grabó una regla de oro en la memoria: el dinero que grita es dinero con miedo; la verdadera riqueza camina en silencio y observa.
El Gran Hotel Imperio era el pináculo absoluto del lujo en el país. 16 pisos de mármol importado, candelabros monumentales, una mezcalería de colección y un restaurante de alta cocina con 4 meses de lista de espera. Era una obra de arte arquitectónica, y pertenecía enteramente a Mateo, hasta el último centímetro de las alfombras. Sin embargo, nadie en ese majestuoso lobby lo sabía. Hacía 3 años, tras heredar 11 propiedades en toda la república, decidió comenzar a visitarlas de incógnito. Era la única manera de ver la realidad que los gerentes de traje siempre intentaban ocultar.
Esta visita en particular tenía un motivo oscuro. 3 semanas atrás, Mateo había recibido un sobre anónimo en su oficina central: “Señor Villanueva, hay cosas pudriéndose dentro del Imperio. Venga a verlo usted mismo”.
Diego Castellanos, de 28 años, era el mejor recepcionista del turno matutino. Tenía un talento genuino para leer a las personas y un trato sumamente humano. Cuando vio acercarse a Mateo, no juzgó su ropa desgastada ni su aspecto cansado. Lo recibió con una sonrisa cálida y sincera.
—Buenos días, bienvenido al Gran Hotel Imperio. ¿En qué le puedo servir, joven? —saludó Diego.
—Buenos días —respondió Mateo con voz serena—. Tengo una reservación. A nombre de Mateo García.
Diego tecleó rápido en el sistema. Habitación 412, 3 noches. Pagada en efectivo por adelantado. Mientras Diego procesaba el registro con una eficiencia impecable, las pesadas puertas de cristal del lobby se abrieron de golpe. La atmósfera entera del lugar se tensó de inmediato.
Lorena Garza, de 41 años, entró como un huracán de soberbia. Llevaba un vestido de diseñador amarillo brillante, lentes oscuros inmensos y 3 bolsas de marcas europeas colgando del brazo. Detrás de ella, una joven asistente cargaba enormes maletas, sudando a mares. Lorena llevaba 3 años exigiéndole pleitesía al hotel. Ignorando por completo la fila y los modales más básicos, se paró justo al lado de Mateo, barriéndolo de pies a cabeza con una mirada de asco absoluto.
—Suite presidencial. Ahorita —exigió Lorena, golpeando sus uñas acrílicas contra el mostrador de mármol, sin siquiera mirar a Diego a los ojos.
—Enseguida la atiendo, señora Garza. Solo termino el registro del señor —respondió Diego, manteniendo el tacto profesional.
Los ojos de Lorena lanzaron fuego puro. Volteó bruscamente hacia Mateo, escaneando sus tenis baratos y su vieja mochila. Soltó una carcajada seca, cargada de veneno.