“¡SÁQUENLO DEL HOTEL!” GRITÓ LA HUÉSPED… SIN IMAGINAR QUE ÉL ERA EL DUEÑO MILLONARIO
—¿Me estás pidiendo que espere por este tipo? —gritó Lorena, elevando la voz de tal manera que todas las conversaciones del lobby se detuvieron—. ¿Sabes cuánto pago yo aquí? ¡4000 dólares la noche! ¿Qué hace un miserable vago registrándose en este hotel? ¡Huele a pobreza, por Dios!
Mateo no dijo absolutamente nada. Solo se cruzó de brazos y la observó con una calma escalofriante.
—¡Llama al gerente ahora mismo! —bramó Lorena, apuntando su dedo tembloroso de rabia a un centímetro del rostro de Mateo—. ¡Y saquen a este muerto de hambre de mi vista, está arruinando por completo la categoría del lugar!
El silencio en el inmenso lobby fue sepulcral. Nadie se atrevía a respirar. Mateo, lejos de intimidarse o enojarse, esbozó una levísima sonrisa mientras mantenía la mirada fija en ella. El ambiente estaba cargado de electricidad pura. Un solo movimiento en falso haría explotar todo en pedazos, y nadie, absolutamente nadie en ese lugar, podía imaginar la tormenta que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
Mauricio Pedraza, el gerente general de 50 años, salió disparado de su oficina al escuchar los escandalosos gritos en el lobby. Al ver a la señora Garza, su rostro adoptó de inmediato una máscara de sumisión absoluta, un servilismo que rozaba lo patético y lo indignante.
—Señora Garza, una disculpa inmensa —rogó Mauricio, acercándose casi con reverencia y bajando la cabeza—. Le ofrezco el pase VIP de nuestro spa de inmediato por este lamentable incidente.
Luego, Mauricio giró y miró a Mateo con profundo desprecio, haciéndole una seña despectiva a Diego con la mano.
—Atiende a este muchacho rápido y mándalo a su cuarto ya. No queremos incomodar a nuestros huéspedes verdaderamente exclusivos.
Mateo tomó su llave magnética, asintió en silencio y caminó hacia los elevadores. La humillación pública no perturbó su paz interior; al contrario, acababa de confirmar con sus propios ojos que el sistema de mando del hotel estaba profundamente infectado.
Esa misma tarde, Mateo se dedicó a observar la dinámica real del lugar moviéndose como una sombra. Bajó a la exclusiva mezcalería del patio central y vio a Mauricio sentado en una zona reservada con Lorena Garza. Tomaban mezcal cristalino y reían a carcajadas con una confianza excesiva. En un momento de aparente descuido, Mateo notó con aguda claridad cómo Mauricio deslizaba un grueso sobre manila dentro de una de las costosas bolsas de diseñador de Lorena. La red de complicidad era innegable.
Por la noche, exactamente a las 11 en punto, la pantalla del teléfono de la habitación 412 se iluminó. Era un mensaje de texto de un número desconocido. Mateo bajó al patio central. Junto a la fuente de piedra volcánica, Diego lo esperaba temblando ligeramente, impulsado por pura adrenalina.
—Señor García, necesitaba hablar con usted desesperadamente. Lo vi hoy en el lobby… y sé que usted no es un huésped ordinario. Hay una intuición muy fuerte que me dice que puedo confiarle esto.
Bajo la luz tenue de la hacienda, el joven recepcionista le mostró su celular.
—Llevo 8 meses documentando todo esto —susurró Diego, pasando imágenes compromecedoras en la pantalla—. Don Mauricio cambió a nuestros proveedores de toda la vida por empresas fantasma para desviar millones de pesos. Y lo peor de todo, las 4 suites de lujo del piso 14, que en el sistema siempre aparecen como clausuradas por supuesto mantenimiento, son operadas clandestinamente. Hospeda ahí gratis a los amigos, familiares y socios de la señora Garza a cambio de fuertes sobornos bajo la mesa. Don Mauricio me amenazó con destruir mi carrera en el turismo si yo abría la boca.
Mateo analizó las fotografías en silencio. Facturas groseramente infladas y una imagen borrosa pero contundente de Mauricio entregando maletines negros en el estacionamiento subterráneo a las 2 de la madrugada.
—Hiciste lo correcto, Diego —dijo Mateo, guardando su pequeña libreta de notas de bolsillo—. Mañana a las 3 de la tarde, ve a la sala de juntas principal del piso 12. No llegues tarde.
—¿Para qué? —preguntó Diego, visiblemente confundido.
—Para conocer al verdadero dueño del hotel —sentenció Mateo, dándose la vuelta y desapareciendo en la penumbra del pasillo.
A la mañana siguiente, el caos estalló mucho más temprano de lo previsto. Mateo bajó a desayunar unos típicos chilaquiles verdes al restaurante principal. Estaba tranquilamente bebiendo su café de olla de barro cuando Lorena Garza cruzó las imponentes puertas de roble. Al verlo sentado, su rostro perfectamente maquillado se desfiguró por la ira. Caminó pisando fuerte, clavando sus tacones hasta la mesa de Mateo, seguida por un aterrado Mauricio que intentaba calmarla.
—¡Te dije ayer que no quería volver a ver a este muerto de hambre! —le gritó Lorena a Mauricio frente a 82 comensales que desayunaban en silencio—. ¡Es una ofensa personal que yo respire el mismo aire que este sucio vago! ¡O lo sacas del hotel a patadas ahora mismo, o me voy y hundo este lugar en todas mis redes sociales hoy mismo!
Mauricio, pálido y sudando frío, se plantó frente a la mesa de Mateo con actitud amenazante.
—Señor, voy a pedirle que desaloje su habitación inmediatamente y se retire. Su presencia es inaceptable para la categoría y prestigio de este lugar. Le reembolsaremos íntegramente sus 3 noches, pero tiene que largarse ya.
Mateo tomó un último sorbo de su café con una lentitud desesperante que desquició a Lorena. Se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino blanco y, finalmente, se puso de pie frente a ellos. Su postura ya no era la de un turista cansado.
—No me voy a ir, Mauricio —dijo Mateo con una voz grave, autoritaria, que resonó en cada rincón del restaurante.
—¡Sáquenlo por la fuerza a la calle, llamen a seguridad! —chilló Lorena, perdiendo completamente los estribos y la compostura.
Mateo abrió el cierre de su vieja mochila. Sacó una gruesa y pesada carpeta de cuero y extrajo un documento oficial membretado, adornado con los sellos y hologramas de 3 notarios públicos. Lo dejó caer pesadamente sobre la mesa de cristal.
—No me voy a ir, porque no puedes echar al dueño de su propia casa.
El silencio que se apoderó del restaurante fue tan denso que casi dolía físicamente en los oídos. Mauricio bajó la vista hacia el papel temblando. Leyó su nombre, el acta constitutiva, y los poderes legales innegables de las 11 propiedades de la cadena hotelera. La sangre abandonó su rostro por completo, dejándolo blanco como el papel.
—¿Qué… qué significa esta basura? —titubeó Lorena, sintiendo que el fino suelo de mármol bajo sus costosos tacones desaparecía.
—Significa que yo soy Mateo Villanueva, el propietario absoluto y presidente del Gran Hotel Imperio —respondió Mateo, clavando sus ojos oscuros, fríos y calculadores directamente en ella—. A las 3 de la tarde, los quiero a ambos en la sala de juntas del piso 12. No es una invitación.
A las 3 en punto, el ambiente dentro de la enorme sala del piso 12 era irrespirable por la altísima tensión. Mateo estaba sentado a la cabecera de la mesa de caoba pura. A su lado derecho, su abogado principal de la Ciudad de México; al izquierdo, la estricta directora de la firma de auditoría externa. Mauricio sudaba profusamente empapando su camisa. Lorena Garza, totalmente despojada de sus enormes lentes, sus bolsas de marca y su actitud altanera, miraba sus propias manos entrelazadas sobre las piernas, encogida. Diego estaba de pie, firme como un soldado junto a la puerta.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»