El doctor lo observó durante un largo momento.
Luego asintió.
—Entonces empezaremos ahora.
Durante las semanas siguientes, Rodrigo vivió algo que nunca había experimentado.
No había oficinas.
No había reuniones.
No había contratos.
Solo una pequeña casa en la montaña, tratamientos delicados, noches sin dormir y el sonido constante de la respiración de su hija.
Claudia se convirtió en el corazón de aquella rutina.
Preparaba los medicamentos, sostenía a Camila durante los procedimientos, cantaba las mismas canciones suaves cada noche.
Rodrigo la observaba en silencio.
Por primera vez comprendía algo que había ignorado toda su vida.
El valor de las personas no se mide por su dinero.
Se mide por lo que hacen cuando nadie las mira.
Un mes después, algo cambió.
La respiración de Camila se volvió más fuerte.
Sus manos se movían con más energía.
Una tarde incluso abrió los ojos y sonrió por primera vez.
Rodrigo cayó de rodillas.
—¿Está… mejorando?
El doctor Asiún asintió lentamente.
—Su cuerpo está respondiendo.
Claudia se llevó las manos a la boca para contener el llanto.
Dos meses después, el médico llamó a Rodrigo a la mesa de madera donde siempre revisaba sus notas.
—La niña vivirá.
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