—No busco milagros —dijo finalmente—. Busco una oportunidad.
El anciano médico lo observó en silencio durante unos segundos.
Luego miró a Claudia.
—¿Es este el hombre del que me hablaste?
Claudia asintió.
—Sí, doctor Asiún.
El médico volvió a mirar a Rodrigo, esta vez con más atención. Sus ojos parecían atravesarlo, como si evaluara algo más profundo que su traje caro o su postura orgullosa.
—Los hombres ricos siempre llegan tarde —dijo—. Llegan cuando la ciencia que pagan ya no puede ayudarlos.
Rodrigo bajó la mirada.
Por primera vez en su vida no tenía argumentos.
Solo tenía miedo.
—Mi hija tiene tres meses —susurró—. Eso es lo que dicen los médicos.
El doctor Asiún extendió la mano.
—Dámela.
Rodrigo dudó.
Pero algo en la serenidad del anciano lo convenció.
Colocó con cuidado a Camila en sus brazos.
El médico la examinó en silencio durante varios minutos. Escuchó su respiración, palpó su pequeño pecho, observó sus ojos cansados.
La casa estaba tan silenciosa que el leve jadeo de la niña parecía llenar toda la habitación.
Finalmente el doctor suspiró.
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