—La enfermedad es real —dijo—. Pero el diagnóstico… no está completo.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Qué significa eso?
El anciano caminó hacia una mesa llena de frascos y cuadernos viejos.
—Hace veinte años trabajé en un tratamiento experimental para esta condición. Las farmacéuticas lo rechazaron porque no era rentable. Era demasiado complejo… demasiado lento… demasiado humano.
Claudia sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Puede ayudarla?
El doctor Asiún miró nuevamente a la niña.
—Tal vez.
Rodrigo dio un paso adelante.
—Haga lo que sea necesario. Pagaré cualquier precio.
El médico lo interrumpió con una mirada severa.
—Aquí no se paga nada.
Rodrigo se quedó en silencio.
—El único precio que exijo —continuó el anciano— es que comprenda algo.
Se acercó lentamente.
—Si salvamos a esta niña, no será gracias a su dinero. Será gracias a la paciencia, al tiempo… y a las personas que realmente se preocupan por ella.
Miró a Claudia.
—Personas como ella.
Claudia bajó la mirada, emocionada.
Rodrigo respiró hondo.
—Lo entiendo.
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