Como si hubiera esperado años que el pasado dejara de perseguirla, y de pronto hubiera entrado por la puerta principal.
El almirante se detuvo frente a ella. Miró el parche gastado. Miró la quemadura de la chamarra. Luego la miró a los ojos.
Su voz cambió. Ya no era la de un alto mando hablando en público. Era la de un hombre frente a una deuda imposible de pagar.
—Fantasma Cuatro.
La sala quedó muda.
El juez Villalobos tragó saliva.
—Explíquese, almirante.
Cárdenas no apartó la mirada de Mariana.
—No tengo autorización para revelar detalles operativos. Pero sí puedo decirle algo, señor juez. Esa mujer salvó vidas mexicanas en una misión donde otros habrían huido. Esa chamarra no es basura. Es testimonio. Es cicatriz. Es tumba y medalla al mismo tiempo.
Mariana bajó la vista.
—Almirante, no vine por esto.
—Lo sé —dijo él—. Por eso vine yo.
El juez, aún tratando de recuperar el control, golpeó el mazo con menos fuerza.
—La testigo está en desacato por negarse a obedecer una orden directa.
Mariana respiró lentamente. Luego llevó las manos al cierre de la chamarra.
Mateo se levantó de golpe.
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