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“Quítese esa chamarra ahora mismo”, gritó el juez …

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Solo había escuchado su voz.

Y después, el informe final: heridas catastróficas, retiro médico, identidad protegida.

El almirante empujó la puerta de la sala.

Adentro, el juez ya había ordenado a dos policías procesales que se acercaran a Mariana.

—Si la testigo no coopera, ayúdenla a quitarse la chamarra.

Mariana giró apenas la cabeza hacia los policías. Su voz salió baja, seca, peligrosa.

—No me toquen.

Los dos hombres se quedaron quietos.

—¡Esto es mi sala! —rugió Villalobos—. ¡Quítenle esa prenda ahora mismo!

—Tóquenla —dijo una voz desde el fondo— y responderán ante una autoridad federal por agredir a una oficial condecorada.

Todos voltearon.

El almirante Cárdenas avanzó por el pasillo. No caminaba rápido, pero cada paso tenía el peso de una orden. Su uniforme impecable, sus insignias y su rostro severo cambiaron el aire de la sala.

El juez parpadeó, irritado y confundido.

—¿Quién es usted para interrumpir una audiencia?

—Almirante Álvaro Cárdenas, Armada de México —respondió—. Y usted acaba de cometer un error muy grave.

Mariana cerró los ojos.

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