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—¿Qué cargos le ponemos, jefe?

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La misma mujer.

La que habían golpeado.

La que habían arrastrado.

La que ahora estaba…

en una celda.

—Ábrele. Ahora —susurró alguien.

Johnson no se movió.

Pero su rostro había perdido el color.

El sonido de varias patrullas llegando interrumpió todo.

Puertas.

Pasos.

Voces firmes.

La comisaría se llenó de oficiales de alto rango.

—¿Dónde está? —preguntó una voz autoritaria.

Nadie respondió de inmediato.

Hasta que uno señaló la celda.

La puerta se abrió.

Ella estaba sentada.

En calma.

Como si hubiera estado esperando.

Se levantó lentamente.

Acomodó su ropa.

Y salió.

El silencio la acompañó.

Todos los ojos sobre ella.

Nadie se atrevía a hablar.

El hombre que acababa de entrar —el director estatal— bajó la cabeza ligeramente.

—Comisionada…

Ella lo miró.

—Llegaron rápido.

—En cuanto supimos…

Ella levantó la mano.

—No.

Pausa.

 

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