Se volvió punto de encuentro.
Un chofer dejaba su casco mientras iba al baño.
Una señora mayor descansaba unos minutos en mi silla.
El repartidor —el mismo del primer tamal— ahora me ayudaba a cargar el tanque de gas.
Entre todos, me cuidaban.
Y yo los cuidaba.
Un día vi a un hombre joven discutiendo con su esposa frente al puesto. Ella lloraba. Él gritaba.
Me acerqué sin miedo.
—Aquí no se grita —dije con voz firme.
No sé de dónde salió esa fuerza, pero salió.
El hombre me miró sorprendido. Bajó la voz. Se fueron.
Lupita me miró y se rió.
—Doña Mari ya es la autoridad de la esquina.
Yo también me reí.
Nunca pensé que a los sesenta y ocho años volvería a sentirme necesaria.
Con el ahorro, dejé el cuarto prestado y renté un pequeño local abandonado a media cuadra.
Nada elegante.
Paredes descascaradas. Piso de cemento.
Pero tenía puerta propia.
Pintamos entre todos. Los taxistas trajeron brochas. Mateo ayudó a mover las mesas. Lupita llevó flores de plástico para la entrada.
Colgué un cartel sencillo:
“Comedor La Esquina de Mari”.
El día de la inauguración no hubo cinta roja ni autoridades.
Hubo aplausos de gente sencilla.
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