Y yo lloré.
No de tristeza.
De reparación.
Fue casi un año después cuando lo volví a ver.
Mi hijo.
Venía caminando por la calle, mirando el celular, como si el mundo no le debiera nada a nadie.
Alzó la vista y se quedó congelado.
Yo estaba sirviendo platos detrás del mostrador.
Llevaba delantal floreado y el cabello recogido con una pinza vieja.
—Mamá… —dijo, acercándose despacio.
No sentí odio.
Sentí distancia.
—Buenos días —respondí.
Miró alrededor.
El local lleno. Gente riendo. Mesas ocupadas.
—¿Tú… hiciste todo esto?
—No sola.
Guardó silencio unos segundos.
—Queríamos hablar contigo.
“Queríamos.”
Ahí entendí que no venía solo por nostalgia.
—Tu esposa está afuera —dijo, casi avergonzado.
Miré hacia la puerta.
Mi nuera estaba de pie, incómoda, con los brazos cruzados.
Salí.
—Doña… —empezó ella, pero se corrigió—. Suegra.
No respondí.
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