En ese momento apareció Esteban en la puerta de la cocina.
Se había detenido al escuchar la conversación.
No interrumpió inmediatamente.
Solo observó a su hijo sosteniendo el dibujo frente a Clara, esperando una respuesta que tal vez cambiaría muchas cosas.
—Papá —dijo Adrián cuando lo vio—. Mira lo que hice.
Esteban caminó despacio hacia ellos.
Tomó el papel y lo miró con atención.
Sus ojos se detuvieron en la figura del centro.
Luego levantó la mirada hacia Clara.
No dijo nada durante varios segundos.
Pero en ese silencio había una pregunta.
Una pregunta difícil.
Clara lo entendió.
Porque no se trataba solo de un dibujo.
Se trataba de algo mucho más profundo.
Adrián estaba empezando a construir una nueva idea de familia.
Y Clara estaba dentro de ella.
El problema era que Clara sabía algo que el niño no sabía.
En dos semanas debía irse.
Había aceptado ese trabajo temporal porque necesitaba dinero. La mansión nunca había sido un hogar permanente, solo una parada en su camino.
El contrato terminaba pronto.
Y ella no había tenido el valor de decirlo.
Esteban habló finalmente.
—Es un dibujo muy bonito —dijo a su hijo.
Adrián sonrió con orgullo.
—¿Verdad?
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