Esteban asintió.
Pero cuando el niño salió corriendo hacia el jardín con el papel, el silencio volvió a llenar la cocina.
Clara y Esteban se quedaron solos.
El hombre apoyó las manos en la mesa de madera.
—Va a ser muy difícil para él si usted se va.
La frase fue directa.
Sin reproche.
Pero imposible de ignorar.
Clara miró el fregadero lleno de platos limpios.
—Siempre fue temporal —respondió.
Esteban asintió lentamente.
—Lo sé.
Caminó unos pasos por la cocina antes de continuar.
—Pero también sé que mi hijo no había vuelto a hablar en tres años.
Clara sintió que el peso de la decisión empezaba a caer sobre sus hombros.
—No fui yo —dijo—. Él estaba listo para sanar.
Esteban negó suavemente.
—Tal vez. Pero necesitaba a alguien que estuviera allí cuando eso pasara.
Clara no respondió.
Porque la verdad era más complicada.
Parte de ella quería irse.
Alejarse antes de que el niño dependiera demasiado de su presencia.
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