Clara abrió la hoja con cuidado. Era otro dibujo infantil, muy parecido al que estaba escondido detrás del cuadro. Un niño, una mujer, y una casa con un sol enorme.
Pero esta vez había algo más.
Tres figuras.
Clara levantó la mirada hacia él.
—¿Quién es la tercera persona?
Adrián se encogió ligeramente de hombros.
—No sé… —dijo—. Creo que soy yo ahora.
Clara sintió que algo se movía dentro de su pecho. No era tristeza exactamente. Era algo más complejo, algo que mezclaba ternura con una ligera preocupación.
Porque sabía lo que ese dibujo podía significar.
—¿Y la mujer? —preguntó con suavidad.
Adrián señaló la figura del centro.
—Eres tú.
El aire en la cocina pareció volverse más pesado.
Clara bajó la mirada hacia el dibujo otra vez. La figura tenía cabello largo, una sonrisa grande y una mano extendida hacia el niño.
Durante unos segundos no supo qué decir.
Ese era el momento que ningún libro de psicología explicaba. El instante en que un niño herido comenzaba a reconstruir su mundo… y elegía quién podía entrar en él.
Adrián habló otra vez.
—Antes mi mamá estaba ahí.
La voz no tenía lágrimas, pero sí una tristeza tranquila, como si hubiera aprendido a convivir con ella.
—Pero ella ya no puede venir —añadió.
Clara respiró despacio.
Sabía que cualquier palabra podía convertirse en algo demasiado grande.
—Tu mamá siempre va a estar en tus dibujos —dijo finalmente—. Nadie puede quitar ese lugar.
Adrián pensó en silencio unos segundos.
Luego señaló otra vez el dibujo.
—Pero tú me ayudas a no tener miedo.
Clara cerró los ojos un instante.
Porque esas palabras, tan simples, tenían un peso que ella no estaba segura de poder cargar.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»