Los días siguientes Clara repitió lo mismo.
Entraba.
Limpiaba.
Tarareaba.
Nunca lo obligaba a hablar.
Nunca lo tocaba.
Solo dejaba que el niño se acostumbrara a su presencia.
Poco a poco comenzaron los cambios.
Adrián ya no se escondía tanto.
A veces la observaba mientras ella limpiaba.
Otras veces se acercaba lentamente a los juguetes olvidados.
Un día incluso se sentó en la cama.
El mayordomo lo notó.
—Algo está cambiando —dijo sorprendido.
Pero lo que ocurrió una tarde dejó a todos sin palabras.
Clara estaba sacudiendo una repisa cuando escuchó una voz muy débil detrás de ella.
—…esa canción.
Clara se congeló.
Pensó que lo había imaginado.
Pero entonces lo escuchó otra vez.
—Mi mamá… cantaba esa canción.
Clara giró lentamente.
Adrián la miraba.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Era la primera vez que hablaba en años.
Cuando Esteban recibió la noticia, llegó corriendo desde su oficina.
Entró a la habitación con el rostro pálido.
—Adrián… —susurró.
El niño lo miró, pero no habló otra vez.
Aun así, aquello era un milagro.
Los días siguientes fueron distintos.
Adrián comenzó a hablar poco a poco.
Primero palabras.
Luego frases cortas.
Un día finalmente contó lo que había pasado la noche del accidente.
Había escuchado a sus padres discutir.
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