Su padre debía viajar esa noche.
Su madre quería acompañarlo.
Pero Adrián había tenido fiebre.
Su madre decidió quedarse con él.
Sin embargo, más tarde recibió una llamada urgente.
Salió de la casa… y nunca regresó.
El niño siempre creyó que había sido su culpa.
Que si no hubiera estado enfermo… su madre no habría salido sola.
Por eso dejó de hablar.
Por eso dejó de vivir.
Clara escuchó todo con lágrimas en los ojos.
—No fue tu culpa, pequeño —le dijo con suavidad.
Con el tiempo Adrián volvió a sonreír.
Empezó a salir al jardín.
A jugar.
A reír.
La mansión dejó de sentirse como una casa vacía.
Un día Esteban llamó a Clara a su despacho.
—Usted hizo lo que los mejores especialistas no pudieron —dijo con la voz quebrada—. ¿Cómo lo logró?
Clara bajó la mirada.
—Solo lo escuché.
El hombre guardó silencio.
Luego preguntó algo que llevaba días pensando.
—¿Por qué esa canción?
Clara dudó unos segundos.
—Porque… mi hija también la amaba.
Esteban frunció el ceño.
—¿Su hija?
Clara asintió.
—Murió hace dos años.
La habitación quedó en silencio.
—Tenía la misma edad que Adrián.
Esteban comprendió algo entonces.
No había sido magia.
Ni técnica.
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