Diego abrió los ojos, se estiró perezosamente y se puso de pie. No dijo nada. Caminó hacia el coche, abrió la puerta del conductor y se sentó. Valeria contuvo el aliento.
Diego giró la llave.
El sonido fue visceral. No fue un arranque; fue una explosión de vida. El V12 rugió con una ferocidad que hizo temblar los cristales de la oficina del taller. Era un sonido limpio, redondo, poderoso. Diego aceleró suavemente y el motor respondió al instante, aullando con esa nota aguda y metálica típica de Ferrari que pone los pelos de punta.
Valeria se llevó las manos a la boca. No podía creerlo. Lo que los mejores de Europa no habían logrado con millones de euros, este hombre lo había hecho con sus manos y una lima en un garaje de Vallecas.
Diego apagó el motor. El silencio volvió, pero esta vez era un silencio de victoria. Salió del coche y caminó hacia ella. Valeria retrocedió un paso, chocando contra la pared. De repente, la realidad de la apuesta le cayó encima como una losa de hormigón.
—Está arreglado —dijo él, tranquilo.
Valeria estaba temblando.
—¿Cómo…? ¿Qué era?
—Una tontería. Una rebaba en una válvula. El coche creía que se estaba ahogando. Solo necesitaba respirar.
Se miraron. Valeria, la mujer que controlaba imperios, se sentía pequeña, vulnerable y, extrañamente, emocionada.
—La apuesta… —balbuceó ella.
Diego se rio suavemente y negó con la cabeza.
—Tranquila, princesa. No voy a obligarte a casarte conmigo. Fue una forma de hacerte entender que el dinero no lo resuelve todo. Llévate tu coche. Es gratis. La lección va por cuenta de la casa.
Diego se dio la vuelta para recoger sus herramientas, dándole la espalda. Estaba renunciando al premio. Estaba dejándola libre. Y en ese momento, Valeria entendió algo fundamental: ese hombre tenía una dignidad que ningún hombre de su círculo social poseía. Él no quería su dinero, ni su estatus. Él tenía valores.
Valeria corrió hacia él y le agarró del brazo, manchando su blusa de seda blanca con la grasa de su mono.
—No —dijo ella, con una voz que sorprendió a ambos por su firmeza—. Una De la Cruz siempre cumple su palabra.
Diego se giró, sorprendido.
—Valeria, no digas tonterías. Somos de mundos distintos. Mira tus manos, mira las mías.
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