La mesa de roble era mía. El refrigerador de doble puerta era mío. La televisión inmensa era mía. El sofá italiano donde Roberto estiraba las piernas sucias era mío. Las cortinas, la vajilla, el microondas, la lavadora, los cuadros del pasillo, la cafetera, la licuadora, los tapetes, la lámpara de pie… todo. Hasta el departamento estaba a mi nombre. Cuando vendí la casa grande y traspasé el restaurante, usé ese dinero para comprarlo. Mi notario, un viejo amigo, insistió en que lo dejara solo a mi nombre. “La familia no se protege con buena fe, Francisca, se protege con papeles”, me dijo aquel día. Qué razón tenía.
Les permití vivir allí sin alquiler. Solo paga servicios y ahorra para tu futuro. En dos años no ahorraron un peso. Pero sí cambiaron de auto, cenaron fuera, compraron ropa cara y aprendieron a tratarme como si yo fuera un mueble viejo del que no podían deshacerse.
Cuando salieron rumbo al trabajo, los vi desde la ventana. Roberto caminaba adelante, rápido, sin esperar a nadie. Lucía trotaba detrás de él como siempre, tratando de alcanzarle el paso al hombre que confundía autoridad con grosería. Los observad subirse a su coche nuevo. Espera a que doblen la esquina.
Luego fui a mi cámara.
Abrí el cajón de la mesita de noche y saqué mi libreta vieja de contactos. La de tapas negras, gastadas por los años. La de La Olla de Cobre . Pase las paginas con calma hasta encontrar lo que buscaba.
Mudanzas El Toro – Don Anselmo
Marqué.
—¿Bueno?
—Don Anselmo, habla Francisca. La de La Olla de Cobre.
Hubo un segundo de silencio. Después de una carcajada cálida.
—¡Doña Francisca! ¿Dónde se me había metido? Si hasta extraño sus chiles rellenos.
—Necesito un favor, Anselmo. Uno grande.
—Lo que usted mande.
Miré la sala. Miré el comedor. Miré la cocina reluciente. Sentí, por primera vez en mucho tiempo, una paz feroz.
—Necesito el camión más grande que tenga. Y lo hoy necesito. Voy a vacar un departamento.
—¿Hoy mismo?
—Ahora mismo. Digamos que hay un problema de malos olores e instamos a sanear el ambiente.
Río Serio.
—En cuarenta minutos estoy allí.
—Llévense todo lo que tenga etiqueta verde —dije.
Colgué, busqué la cinta adhesiva y empecé a marcar mis cosas. Prácticamente todo el departamento quedó salpicado de pequeños cuadros verdes. Al entrar al cuarto de Lucía y Roberto, metí sus perfumes, maquillajes y aparatos en una bolsa, pero me detuve. No. Yo no soy ladrona ni vándala. Saqué todo y lo déjé sobre la cama. Yo no iba a tocar lo suyo. Me iba a llevar lo mío. Y el verdadero problema para ellos era que, en esa casa, casi todo era mío.
Trabajé como hacía años no trabajaba. Descolgué cuadros, envolví porcelanas, vacié despensas, separé mi comida de la suya. Mientras desconectaba la televisión, recordé la vez que Roberto perdió el empleo y yo llené su refrigerador durante seis meses. Mientras sacaba mis sábanas del armario, recordé las noches sin dormir para pagar la carrera de Lucía. Mientras retiraba la vajilla fina, recordé la primera vez que él me llamó “suegrita” con esa dulzura falsa de los hombres que ya están calculando cuánto te pueden exprimir.
Cuarenta minutos después sonó el timbre.
Don Anselmo llegó con tres muchachos robustos y cara de gente trabajadora. Me abrazó con esa honestidad que solo tienen los hombres que aún saben agradecer un plato de comida.
—¿Qué pasó, doña?
—Pasó que una ya se cansó de ser alfombra —respondí—. Pasan.
Los muchachos empezaron a cargar. El sofá salió primero. Luego la mesa. Luego el refrigerador. Los vecinos se asomaron. Doña Gertrudis, la chismosa del 402, apareció con los tubos puestos.
—¿Se muda, vecina?
Sostuve la puerta mientras sacaban la alacena.
—No, Gertrudis. Solo estoy haciendo una limpieza profunda. Ya ve que a veces se junta demasiada basura moral y una tiene que ventilar.
A las once de la mañana el departamento era un eco. Quedaron el fregadero empotrado, la estufa del edificio, dos sillas de plástico que habían traído, un viejo colchón y sus montones de ropa. Nada más. El sol entraba sin cortinas, iluminando el polvo suspendido. El lugar se veía más grande. Más digno. Como si por fin pudiera respirar.
Entonces fui al baño.
El mismo baño donde horas antes me habían hecho sentir basura.
Saqué un marcador negro grueso y escribí, sobre la tapa del inodoro, con letras firmes:
“Aquí tienen el único trono que se merecen. Úsenlo con salud”.
Después de llamar a la inmobiliaria del edificio, confirmé mi condición de propietaria y dejé instrucciones claras: cambiar cerradura, restringir el acceso si era necesario y remitir cualquier incidente a mi abogado. Luego subió al camión con Don Anselmo y yo fui a un hotel.
La habitación 405 del Plaza Real olía a sábanas limpias y aire acondicionado caro. Dejé mi bolsa sobre la cama, saqué la carpeta de cuero con mis documentos y extendí los papeles. Escrituras. Estados de cuenta. Recibo. Todo en regla. Todo en mi nombre.
Me serví agua mineral y miré mi reflejo en el espejo.
Ya no vi a la anciana humillada del baño.
Vi a Doña Francisca Morales.
Vi a la viuda que negoció con tiburones cuando apenas sabía respirar sin marido. Vi a la mujer que convirtió una fondita en un restaurante respetado. Via a la madre que confundió ayuda con amor y silencio con paciencia. Y sobre todo vi a alguien que todavía sabía mover piezas.
Saqué la calculadora Casio que me acompaña desde 1998. Empecé a sumar. Mantenimiento del edificio. Luz. Agua. Gas. Internet de alta velocidad. Limpieza. Comida. Seguro del auto. Ayudas “temporales”. Pagos mínimos de tarjetas. Préstamos que jamás regresaron.
La cifra final brilló en la pantalla como una bofetada: casi un millón y medio de pesos en dos años.
Un millón y medio.
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