A Teresa se le nubló la vista.
Salió al patio para no gritar.
Ahí estaban las macetas de nochebuenas que Ernesto cuidaba cada diciembre.
O más bien, lo que quedaba de ellas.
La tierra estaba blanca.
Olía a cloro.
Todas estaban quemadas.
Teresa tocó una hoja seca y se le deshizo entre los dedos.
Entonces vio, junto a la pared, una ramita verde.
Pequeña.
Terca.
Viva.
Teresa se limpió las lágrimas con el mandil.
—Si tú no te moriste, yo tampoco.
Subió a su recámara, cerró la puerta y llamó al licenciado Barragán, viejo amigo de Ernesto.
—Licenciado, necesito que venga el domingo a las 11. Traiga las escrituras, mi testamento y un contrato de arrendamiento.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Contrato para quién, doña Teresa?
Ella miró la cama donde Ernesto había muerto.
—Para quienes creen que mi casa, mi cuarto y mi dignidad se prestan gratis.
Abajo, Brenda seguía riéndose por teléfono.
No sabía que el domingo, cuando sus papás llegaran con maletas, la sala ya estaría lista para una verdad que nadie iba a poder detener.
PARTE 2
El domingo, doña Teresa se levantó antes de que sonaran las campanas de la iglesia.
Se bañó despacio, se puso un vestido color vino que Ernesto le había regalado en su aniversario 38 y sacó de una cajita sus aretes de oro.
No eran grandes.
Pero para ella pesaban como una corona.
Frente al espejo, no vio a una viuda cansada.
Vio a una mujer que había confundido paciencia con silencio durante demasiado tiempo.
Bajó con la foto de Ernesto entre las manos y la puso en la mesa de la sala.
—Hoy te toca acompañarme, viejo.
A las 10:30 llegó el licenciado Barragán.
Traía traje oscuro, portafolio de piel y una seriedad que puso nervioso hasta al gato de la casa.
A las 10:45 bajó Andrés.
Cuando vio al abogado sentado junto a su madre, tragó saliva.
—Mamá, ¿qué pasa?
Teresa lo miró sin enojo, pero sin esconder el dolor.
—Hoy vamos a hablar como adultos, hijo. Ya estuvo bueno de fingir que no pasa nada.
Andrés quiso responder, pero Brenda bajó las escaleras.
Venía arreglada como si fuera a una comida elegante, con labios rojos y perfume caro.
—¿Y este señor quién es? Doña Tere, mis papás llegan en cualquier momento. No es día para recibir visitas.
Teresa acomodó una carpeta sobre la mesa.
—Al contrario, mija. Es el mejor día.
A las 11 en punto sonó el timbre.
Brenda sonrió como si ya hubiera ganado.
Abrió la puerta y entraron sus papás.
El señor Octavio venía con 4 maletas enormes. La señora Graciela cargaba una caja con vajilla, una planta artificial y hasta una cobija matrimonial.
Ni saludaron bien.
La señora Graciela miró la sala de arriba abajo.
—Ay, esta pared se ve muy vieja. Con pintura beige quedaría más moderna.
Octavio dejó una maleta junto al sillón.
—¿Dónde dejamos nuestras cosas? Venimos cansadísimos.
Brenda señaló hacia la escalera.
—Arriba, pa. La recámara principal.
Teresa se levantó.
—Nadie sube.
Todos se quedaron quietos.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»