Pero en el momento en que sus ojos se posaron en el rostro de Henrique…
todo cambió.
La regadera cayó al suelo.
El agua siguió saliendo, mojando las baldosas del patio.
Mi madre llevó ambas manos a la boca.
—No… —susurró.
Yo fruncí el ceño.
—¿Mamá?
Pero ella no me escuchaba.
Sus ojos estaban fijos en Henrique como si hubiera visto un fantasma.
Y de pronto corrió hacia él.
Lo abrazó con una fuerza desesperada.
—¡Hijo! —gritó entre lágrimas—. ¡Dios mío… hijo!
El mundo pareció detenerse.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Henrique se quedó completamente inmóvil.
Sus brazos no se movieron.
Sus ojos estaban abiertos, llenos de una sorpresa profunda.
—¿Señora…? —dijo lentamente.
Yo di un paso atrás.
—Mamá… ¿qué estás diciendo?
Mi madre se separó de él, temblando.
Sus manos tocaron su rostro como si quisiera confirmar que era real.
—Esa cicatriz… —susurró.
Señaló su ceja izquierda.
Una pequeña línea blanca que yo había visto mil veces.
—¿Cómo te llamas? —
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