PARTE 1
La mañana en la Ciudad de México se despertó bajo un cielo plomizo y una lluvia persistente que empapaba las banquetas de la transitada avenida Juárez. Valeria caminaba lentamente hacia la entrada del Tribunal Familiar, con los hombros rectos y un vestido negro sencillo que acentuaba su palidez. No llevaba maletín, ni carpetas, ni un séquito de abogados. Se sentó en una de las bancas de madera fría del pasillo, entrelazando sus dedos con calma. Para cualquier observador, ella era la imagen viva de la derrota.
Menos de 5 minutos después, el eco de unos zapatos de lujo anunció la llegada de Diego Salazar. No caminaba solo. Aferrada a su brazo, con una sonrisa que destilaba veneno, estaba Camila Robles. El avanzado embarazo de la joven se marcaba bajo un vestido de seda ajustado, una señal de triunfo que exhibía con descaro. Detrás de ellos, 3 hombres con trajes a medida y rostros de tiburón completaban la escena: el equipo legal más caro de la ciudad, pagado con los más de 2 millones de pesos que Diego había desviado de la cuenta conjunta durante el último año.
Al ver a Valeria sola en la banca, Diego se detuvo y soltó una carcajada que rebotó en las paredes de mármol del tribunal.
—Valeria —dijo Diego con un tono cargado de desprecio—. ¿Dónde está tu abogado? No me digas que ni siquiera te alcanzó para un defensor de oficio. ¿O es que el taxi desde tu pocilga te dejó sin un peso?
Camila soltó una risita burlona mientras se acariciaba el vientre.
—Ay, amor, déjala —intervino ella con voz chillona—. ¿Qué esperabas de alguien que creció en un orfanato de Puebla? No tiene familia, no tiene apellido y, a partir de hoy, no tendrá ni donde caerse muerta. Firma los papeles de la casa de Coyoacán de una vez y ahórrate la humillación.
Valeria levantó la mirada. No había lágrimas en sus ojos, ni rastro de la rabia que Diego esperaba ver. Durante 7 años, él le había hecho creer que era una mujer insignificante, una huérfana que debía agradecerle cada centavo. Lo que Diego ignoraba era que, hacía 3 meses, el pasado de Valeria había dejado de ser un agujero negro. Había encontrado a su padre biológico, un hombre que pasó más de 20 años moviendo cielo y tierra para encontrar a la hija que le fue arrebatada cuando apenas era una bebé.
—Nos vemos adentro, Diego —respondió ella con una frialdad que los dejó desconcertados—. Pasen ustedes primero.
Al entrar a la sala, la atmósfera se volvió sofocante. Diego se sentó con arrogancia, cruzando la pierna y susurrando cosas al oído de Camila, quien no dejaba de lanzarle miradas de superioridad a Valeria. En la primera fila de los asientos para el público estaba doña Mercedes Salazar, la suegra, mirando a Valeria como si fuera un insecto que finalmente iba a ser aplastado.
El abogado principal, el licenciado Ramírez, se puso de pie. Con una voz engolada, comenzó su exposición:
—Su Señoría, los hechos son irrefutables. Mi cliente, el señor Salazar, es el único motor económico de este matrimonio. La señora Valeria fue una simple acompañante, sin aportación alguna. Solicitamos la adjudicación total de los bienes: la casa de Coyoacán, los vehículos, las cuentas de ahorro y las acciones de la empresa. Además, pedimos que se le niegue cualquier pensión alimenticia por falta de mérito.
Diego se giró hacia Valeria y gesticuló en silencio: “Perdiste”.
En ese momento, el juez entró a la sala. Era un hombre de cabello cano, mirada penetrante y una presencia que exigía respeto absoluto. Se sentó en el estrado, acomodó sus gafas y miró los expedientes. Era el juez Ernesto Mendoza. Nadie en esa sala sabía que Valeria compartía su sangre.
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