PARTE 1
En el corazón de Jalisco, muy cerca de los caminos empedrados que llevaban a 1 antiguo pueblo magavero, se alzaba 1 inmensa propiedad conocida como Hacienda Los Agaves. Allí, entre pesadas paredes de adobe, grandes ventanales de herrería y el inconfundible olor a café de olla con canela, 2 mujeres fueron abandonadas a su suerte por el mismo hombre.
Doña Carmelita, 1 anciana que había perdido la vista, frágil de cuerpo pero con 1 espíritu de hierro. Y Mariana, su nuera, 1 mujer humilde, silenciosa y de paciencia infinita, que durante 10 largos años la cuidó como si fuera su verdadera madre.
Alejandro, el esposo de Mariana y el único hijo de Doña Carmelita, se había marchado a la Ciudad de México hacía mucho tiempo. Como excusa, decía que necesitaba “administrar los negocios de la familia”, pero todos en el pueblo sabían la realidad: el hombre vivía en departamentos de lujo, comía en restaurantes exclusivos y pagaba viajes costosos usando 1 dinero que no le correspondía.
Mientras Alejandro derrochaba la fortuna, Mariana se quedaba atrás. Ella bañaba a Doña Carmelita con agua tibia. Le preparaba atole de vainilla en las mañanas heladas. Le untaba pomada de árnica en los pies hinchados. Rezaba 1 rosario junto a la cama cuando los dolores en los huesos de la anciana eran insoportables. Y esperaba, en el más profundo silencio, que 1 día su esposo regresara, no por la herencia, sino por el amor a su madre. Ese día jamás llegó.
La muerte de Doña Carmelita ocurrió en 1 madrugada de tormenta. Las campanas de la parroquia doblaron lentamente. El velorio fue sencillo, adornado con unas pocas flores de cempasúchil, café amargo y el constante murmullo de las vecinas en los rincones del patio.
Alejandro apareció 1 par de horas más tarde. Llevaba 1 traje negro de corte europeo, zapatos lustrados y 1 loción carísima que parecía 1 falta de respeto frente al olor a cera derretida y luto. Del brazo lo acompañaba Valeria, su amante. Rubia, altiva, cubierta con 3 gruesas cadenas de oro, la mujer miraba la Hacienda Los Agaves con los ojos de quien ya estaba decidiendo qué paredes iba a derribar.
Mariana permaneció callada durante todo el entierro. No gritó. No se arrojó sobre el ataúd. Solo sostuvo 1 rosa blanca entre sus dedos agrietados y, antes de que la tierra húmeda cubriera todo, susurró:
— Descanse en paz, Doña Carmelita. Me quedé hasta el final.
Pero Alejandro ni siquiera esperó a que la lluvia se detuviera. Al regresar a la gran casona, entró al pasillo principal caminando como el dueño del mundo. Miró los muebles rústicos, los cuadros pintados al óleo, las vitrinas empolvadas. Luego miró a Mariana con el mismo desprecio con el que se mira a 1 objeto inservible.
— Empaca tus porquerías y lárgate de aquí.
Mariana parpadeó, pensando que había escuchado mal.
— Alejandro…
Él arrojó 1 bolsa de plástico negro a sus pies. Adentro había 4 prendas gastadas, 1 par de huaraches viejos y 1 toalla descolorida.
— ¿Qué significa esto? — preguntó ella, con 1 hilo de voz.
Valeria soltó 1 carcajada, recargada en el pecho del hombre.
— Tus recuerditos.
Alejandro dio 1 paso hacia el frente.
— Mi madre se murió. Tu servicio aquí terminó. Solo eras la enfermera de mi mamá, Mariana. No vengas a hacerte la viuda sufrida conmigo.
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