PARTE 1
“¡Si intentas salir otra vez, te voy a dejar sin aire para siempre!”
El golpe la dobló sobre el piso antes de que pudiera cubrirse. Aitana Cruz sintió un crujido seco en el costado y luego una punzada feroz que le robó el aliento. La vista se le nubló. El mármol frío del departamento le pegó en la mejilla y, por un instante, pensó que ahí mismo iba a terminar todo: en silencio, en un penthouse impecable de Santa Fe, mientras el hombre que la había destruido durante dos años se acomodaba la corbata como si nada hubiera pasado.
El celular estaba tirado debajo de una silla. La pantalla, estrellada. La batería, casi muerta.
Aitana se arrastró con una mano en el torso y la otra tanteando el suelo. Tenía sangre en el labio, una ceja abierta y esa sensación terrible de que cada respiración le raspaba por dentro. Cuando logró alcanzar el teléfono, apenas veía las letras. Pensó en una sola persona: su hermano Mauro, el único que siempre había corrido por ella desde que eran niños en Azcapotzalco, cuando la defendía hasta de los perros callejeros y de los chamacos del barrio.
Escribió sin mirar bien:
Me quebró las costillas. No puedo respirar. Me encerró. Ayúdame. Torre Alta, depa 4B.
Pulsó enviar.
La pantalla parpadeó… y murió.
Aitana dejó caer la frente contra el suelo. Solo tenía que aguantar. Solo un poco más. Mauro llegaría como fuera, con una llave, con una barreta, con los puños si era necesario.
Lo que ella no sabía era que el mensaje no había llegado a Mauro Cruz, mecánico de la colonia Obrera.
Había aterrizado, por un solo número mal escrito, en el teléfono privado de Emiliano Barrera.
Y en toda la Ciudad de México, pocos hombres daban más miedo que él.
La lluvia golpeaba los ventanales del club en Lomas como si quisiera reventarlos. Emiliano estaba en una mesa apartada, rodeado de silencio caro, humo fino y hombres que hablaban bajo porque nadie levantaba la voz frente a él. Cuando el teléfono vibró, lo tomó de inmediato. Ese número lo conocían muy pocos.
Leyó el mensaje una vez. Luego otra.
Me quebró las costillas. No puedo respirar. Me encerró. Ayúdame. Torre Alta, depa 4B.
Damián, su hombre de confianza, notó el cambio apenas visible en su rostro.
—¿Qué pasó?
Emiliano deslizó el celular sobre la mesa. Damián leyó y soltó el aire.
—Parece equivocación. Un pleito de pareja.
Pero Emiliano no respondió enseguida. Durante un segundo ya no oyó la música ni la lluvia. Volvió a ser un niño escondido en la cocina de una casa humilde en Tepito, escuchando cómo su padre arrastraba a su madre del cabello mientras ella intentaba no gritar para no empeorar la paliza. Recordó la respiración rota, el miedo tragado, la sangre limpiada a oscuras para que los vecinos no preguntaran.
Volvió al presente con la mandíbula tensa.
—Ubícalo.
Damián no preguntó nada. En menos de medio minuto alzó la vista.
—Torre Alta, Santa Fe. Departamento 4B. Propietario: Rodrigo Beltrán, abogado penalista.
Emiliano ya se estaba poniendo el abrigo.
Respondió con cuatro palabras:
No te muevas. Ya voy.
Luego guardó el teléfono y caminó hacia la salida.
Rodrigo Beltrán era de esos hombres que sabían lucir impecables incluso podridos por dentro. Salía en noticieros, opinaba sobre justicia, donaba dinero a fundaciones y sabía sonreírle a las cámaras con una serenidad que convencía a cualquiera. Aitana había caído en esa trampa. Primero llegaron las flores, los viajes cortos a Valle de Bravo, las cenas con políticos, la promesa de una vida tranquila. Luego llegaron los celos, el control, las amistades prohibidas, las disculpas bien ensayadas y los moretones escondidos bajo maquillaje caro.
Aquella noche todo había explotado porque la sopa estaba fría.
Aitana seguía tirada en el piso cuando escuchó el elevador. Después, voces. Luego un estruendo brutal.
La puerta principal salió disparada hacia adentro.
Ella alzó la cabeza con un esfuerzo insoportable. En el marco roto apareció un hombre alto, de abrigo oscuro, con un rostro duro y una quietud que imponía más que cualquier grito. Detrás venían otros.
Él se agachó frente a ella.
—¿Tú mandaste el mensaje?
Aitana pestañeó, desorientada.
—¿Mauro?
—No. Emiliano.
Ella intentó enfocarlo, pero el dolor le dobló la respiración.
—Usted… no es mi hermano.
—No —dijo él, y extendió los brazos con un cuidado inesperado—. Pero sí vine.
La levantó como si temiera romperla más. Aitana se aferró a su suéter sin pensar. En el pasillo, justo frente al elevador, Rodrigo apareció con una bolsa de comida y los ojos desquiciados al ver la escena.
—¡Bájala ahora mismo! —gritó—. ¡Me la estás robando!
Damián lo estampó contra la pared antes de que avanzara. La bolsa cayó al suelo. Rodrigo forcejeó, pero Emiliano ni siquiera volteó.
Entró al elevador con Aitana en brazos. Las puertas comenzaron a cerrarse.
Desde fuera, Rodrigo escupió con rabia:
—¡No sabes con quién te metiste!
Entonces Emiliano levantó por fin la mirada.
—El que no sabe eres tú.
Las puertas se cerraron.
Aitana apoyó la frente en el pecho de ese desconocido y murmuró con lo último que le quedaba de aire:
—Dicen que usted es peor que hombres como él…
Emiliano la sostuvo con más firmeza.
—¿Y ahora mismo eso te da más miedo que regresar a ese departamento?
Aitana pensó en el cerrojo, en las costillas rotas, en los dos años pasando de puntitas por su propia vida.
—No…
Y todo se volvió negro.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2…
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»