PARTE 2
Aitana despertó con olor a eucalipto, sábanas limpias y el pecho vendado. La habitación no se parecía en nada al departamento de Rodrigo: no había espejos fríos, ni cuadros carísimos, ni esa sensación de estar atrapada en un lugar que no era hogar. Era una casa amplia en Coyoacán, silenciosa, resguardada, con un jardín interior donde se oía caer agua.
A su lado, una mujer de cabello gris acomodaba frascos y gasas.
—No te muevas mucho —dijo—. Tienes dos costillas fisuradas, una conmoción leve y varios moretones que me están haciendo perder la paciencia. Soy Leonor. Fui enfermera de urgencias muchos años.
Aitana tragó saliva.
—¿Dónde estoy?
—En una casa segura.
La puerta se abrió y Emiliano entró sin prisa. Ya no llevaba traje, solo jeans oscuros y un suéter negro. Sin los hombres alrededor, se veía menos como el rumor que contaba media ciudad y más como alguien cansado de haber visto demasiado.
Se quedó a cierta distancia de la cama.
—¿Cómo sigues?
—Respirando —contestó Aitana.
Él hizo un gesto mínimo, casi una sonrisa.
—Con eso basta por hoy.
Ella lo observó en silencio. No encontraba crueldad en sus ojos, sino control y una tristeza vieja.
—¿Por qué vino? —preguntó al fin—. Era un mensaje equivocado.
Emiliano miró hacia el jardín antes de responder.
—Porque de niño nadie vino por mi madre. Y juré que si alguna vez me enteraba de algo así, no me iba a quedar sentado.
Aitana sintió un nudo insoportable en la garganta.
—Entonces me ayudó por compasión.
—No. —La respuesta fue inmediata—. Te ayudé porque pedir auxilio una sola vez debería ser suficiente.
Aquellas palabras la desarmaron más que cualquier medicina. Pero no hubo tiempo para quedarse en eso.
Damián entró con una carpeta gruesa y la dejó sobre la mesa.
—Esto te interesa.
Horas después, cuando Leonor le permitió sentarse unos minutos, Aitana abrió la carpeta y el mundo volvió a girarle. Estados de cuenta. Empresas fantasma. Transferencias trianguladas. Poderes notariales. Contratos bancarios.
En varios documentos aparecía su firma.
Aitana Cruz.
El aire se le atoró.
—No… yo no firmé esto.
Pero en el instante en que lo dijo, recordó. Seis meses atrás Rodrigo había llegado con un folder y una sonrisa rápida.
“Son papeles del seguro, amor. Fírmame aquí, aquí y aquí. Ya voy tarde.”
Se apoyó en la mesa porque las piernas no la sostuvieron.
—Usó mi identidad.
Damián asintió.
—Movieron más de cincuenta millones de pesos a través de cuentas a tu nombre.
—Si voy a la policía…
—Te ponen como cómplice —terminó Emiliano.
El silencio cayó pesado. Aitana entendió por qué Rodrigo nunca la había dejado ir del todo, por qué controlaba sus llamadas, por qué la había convertido en una prisionera elegante. No solo era la mujer a la que golpeaba. Era su escudo. Su coartada. Su firma.
Entonces sonó el celular de emergencia que Leonor le había dejado sobre la mesa.
Número desconocido.
Aitana contestó con el corazón apretado.
—¿Bueno?
La voz del otro lado llegó rota.
—Tana…
Se le congeló la sangre.
—¿Mauro? ¿Dónde estás?
Se oyó un golpe, un jadeo, y luego otra voz áspera, con acento norteño.
—Tenemos a tu hermano. Vas sola al almacén nueve, en la zona de contenedores de Vallejo. Dos horas. Si vemos a gente de Barrera, tu hermano no sale vivo.
La llamada se cortó.
Aitana quedó inmóvil, con el teléfono temblando en la mano. Mauro. El que la llevaba en bicicleta a la secundaria. El que nunca dejaba que cargara cosas pesadas porque decía que había nacido para cuidarla. El único al que Rodrigo había logrado apartar de su vida con mentiras y amenazas veladas.
—¿Qué pasó? —preguntó Emiliano, leyendo su cara antes de oír la respuesta.
Aitana levantó la vista.
—Tienen a Mauro.
Damián soltó una maldición.
—Es una trampa para sacarte.
—Lo sé.
Emiliano ya estaba dando órdenes, pero Aitana lo detuvo con una firmeza que ni ella misma reconoció.
—No voy a quedarme escondida mientras lo matan.
—Tú no estás en condiciones.
—Él se metió conmigo porque sabía que yo tenía miedo. Ya no. —Respiró con dolor, pero no apartó los ojos—. Yo también sé cosas. Yo vi documentos, correos, claves. Si esto termina hoy, termina conmigo ahí.
Emiliano la miró largo rato. Había algo nuevo en esa mujer herida: no solo miedo, sino decisión.
—Si vas —dijo al fin—, obedeces cada palabra que te diga.
Aitana asintió.
Afuera ya había caído la noche. La lluvia había parado, pero la ciudad seguía oliendo a concreto mojado y peligro.
Y cuando la camioneta salió rumbo a Vallejo, Aitana entendió que, pasara lo que pasara, ya no había vuelta atrás.
Ahora sí, alguien iba a pagar por todo.
PARTE 3…
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