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Los ojos seguían vacíos, sí… pero el niño estaba ahí dentro.

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Pero fue consciente.

Don Sebastián sintió que el mundo, que había sido una tumba abierta desde la muerte de Isabel, volvía a respirar.

Llamó a Renata al despacho.

La joven entró con las manos juntas, acostumbrada a no ocupar espacio.

Sobre la mesa había un documento.

—No sé qué le hicieron a usted en su vida —dijo él con voz firme—. Pero aquí nadie volverá a silenciarla.

Le entregó el papel.

Era su carta de libertad.

Renata lo sostuvo sin comprender al principio.

Don Sebastián señaló el documento.

Luego señaló la puerta.

Luego su pecho.

Libre.

Las lágrimas rodaron por el rostro de la joven por primera vez en años.

Intentó hablar.

No salió sonido.

Pero no hacía falta.

—Si decide quedarse —añadió el barón—, será por voluntad. No por cadenas.

Renata se llevó la mano al corazón.

Y asintió.

Felipe creció fuerte.

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